Guititsy, sentado sobre una pequeña banqueta de madera, hacía que el martillo que sostenía en su mano derecha golpeara, unas veces con ritmo monótono y otras casi precipitado y discontinuo, sobre el cincel cuyo mango sujetaba con la otra mano.

            Mientras se dejaba llevar por las intenciones de la parte de su ser que le daba el don de esculpir, cantaba -o más bien murmuraba- una tonadilla que acompañaba al ritmo de los golpes. La parte afilada de la herramienta iba dando forma a lo que, hasta algún tiempo antes, había sido un pedazo de tronco y poco a poco cambiaba su apariencia bajo el mandato de la voluntad de su yo escultor.

            A su lado, como siempre había ocurrido en la historia de la aldea, otros escultores se afanaban en otros trabajos, con otras herramientas parecidas. Algunos daban los últimos toques a sus obras que, una vez acabadas, pulían de tal forma que la superficie final de la madera quedaba tan brillante como si hubiera sido tratada con cera.

            Sobre el suelo del cobertizo semicircular cubierto por un techo de paja, en el que estaban, se repartían sin ton ni son multitud de pedazos de troncos y de maderas de todos los tamaños, unas veces apilados y otras sueltos, a la espera de que algún escultor viera la imagen o la máscara que podía contener alguno de ellos y se decidiera a quitar la materia que, rodeándola, hacía que otras personas no pudieran observar las formas de las almas y de las imágenes que se esconden en los árboles.

            Fuera del cobertizo, se levantaban algunas casas de caña con tejados de paja. Unos cuantos mangos que daban sombra a casi todas las chozas, hacían que a pesar de las horas que eran -aquellas en las que más aprieta el sol- el aire dentro de la aldea se pudiera respirar sin agobios. Aunque no se oía ni una sola voz de un pájaro; ni un solo trino. Eso sí, se podía confundir con ellos el griterío que salía de una granja de pollos cercana que, puesto que estaban en las afueras de Maputo, servía a algún vecino de la aldea para ganarse su sustento vendiendo las aves en la capital.

            Maputo. La gran ciudad. Al extenderse, sus arrabales habían llegado hasta la aldea y a rodearla. Multitud de caminos de tierra dividían, lo que en otro tiempo había sido una sábana arbolada, en infinitas parcelas que se habrían donde la gente, venida tras la llamada de la modernidad, edificaba casas con ladrillos, cemento, latas y algunas veces, las menos, cañizo.

            Aunque en la aldea de Guititsy, apenas se notaba el cambio. La carencia de pájaros -que habían huido al ser sistemáticamente sacrificados para satisfacer las necesidades de los estómagos de la multitud venida de fuera- estaba compensada por el ruido de los pollos que, al estar bastante lejos, dejaban a la mente pensar que vivían más o menos como en los tiempos antiguos. Por lo demás, seguían cultivando el pequeño huerto que les daba papayas, mandioca, tomates, caña de azúcar y hasta patatas. Como el trabajo principal de la aldea era el de fabricar esculturas, el hecho de estar tan cerca de Maputo les facilitaba el negocio de la venta en las tiendas que allí había y en los mercados en que compraban los turistas.

            Pero el trabajo que traía entre sus manos Guititsi no era de ese que llaman arte de aeropuerto y se hace tan solo pensando en el gusto de los turistas y en ganar el máximo dinero con el mínimo trabajo.

            Guititsi iba a ser padre. Su mujer iba a tener su primer hijo.

            El escultor había elegido un trozo de leña especial, una gran rama -casi un tronco- que fue desgajado por un rayo un día de tormenta hacía más de un año. Nadie lo había cogido desde entonces, porque la madera no era caoba no era sándalo: era una madera corriente de un árbol viejo lleno de nervios que parecían venas y reflejaban una especie de angustia por vivir.

            Lo que Guititsi quería era quitar la angustia de aquella rama y hacer que solo reflejara ansias de vida. Las mismas que tendría su hijo en aquella época tan difícil de luchas entre los tiempos de ahora y las tradiciones de ayer.

            Más allá de este espacio, mucho más cerca de las voluntades del cosmos que Guititsi, los antepasados del escultor escuchaban su canto y adivinaban sus intenciones.

            El padre, que había sido escultor como su hijo, dirigió su mano para que de su cincel saliera una obra única en el mundo de la que, cualquiera que la viera, quedaría prendado.

            La madre siempre amó a Guititsi y lo hizo también a su marido y a sus otros hijos. Transmitió a la escultura, a través del pensamiento y los sentimientos que conservan los antepasados en el aire y en el universo, la facultad de despertar en las personas que la vieran el espíritu del amor a la vida, a las personas; en una palabra, las ganas de vivir en comunión con el mundo.

            El abuelo paterno de Guititsi había conocido los tiempos de las guerras coloniales porque los antepasados, makondes del Norte del país, habían sido los últimos en ser conquistados ya que nunca se rindieron. Y como luchó con valentía contra sus enemigos, transmitió el don del valor a quien tuviera la escultura. Valor para luchar contra la adversidad, para aceptar la dureza de la vida; para saber aceptar, en último caso, la derrota y hacer de ella -en el futuro- una victoria.

            Y así, todos los ascendientes de Guititsi fueron concediendo dones a aquel trozo de tronco doliente: Belleza, buena suerte, salud… y cuando ya no se les ocurrieron más cosas -aunque estuvieran en el Más Allá también las voluntades tienen un límite- repitieron deseos, unos encima de otros, para que tuvieran más fuerza.

            Sin saber casi cómo, Guititsi fue dando forma a una obra que representaba una mujer con una criatura en los brazos.

            Pero aquella obra no era una escultura normal. Reflejaba, con toda la fuerza del mundo, el amor, la voluntad de existir, de proseguir su pueblo la historia en el tiempo y, en su nombre, de continuarla él a través de su hijo.

            Reflejaba la necesidad de prolongar hacia el futuro, sus creencias, su cultura, el sonido del viento, de los golpes del martillo en el cincel, de los ruidos, del silencio.

            Cuando nació el hijo de Guititsi -Ntomboluko que quiere decir tradición le pusieron por nombre-, dicen que los pájaros se acercaron a la aldea para que aquel día fuera como los antiguos. Sus voces se mezclaron, por un día, con el arrullo del viento, con el ruido de los grillos y hasta dicen que se vieron algunos monos correteando por las ramas de los árboles.

            Hoy, Ntomboluko ha cumplido dos años. Crece sano y fuerte y sus ojos, todavía de niño pequeño que mira el mundo con expresión de sorpresa, reflejan una inteligencia poco común para su edad.

            La familia de Guititsi, sus vecinos, tienen puestas -no saben por qué- grandes esperanzas en el niño.

            En un rincón de la choza en la que viven, las fuerzas del cosmos, en forma de escultura, le protegen.

            No es el fin. Es el principio.

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