El restaurante chino -en el sueño- tenía unos menús muy extraños y el que me sirvieron a mí era un pescado con una piel en la parte de arriba difícil de despegar, semejante a una tela de colores variados y brillantes que, vista desde algunos ángulos, se convertía en de un solo color vivo. Por sus brillos, se me ocurrió pensar que podía ser de raso o de seda, aunque, eso sí, fabricada con plástico. La piel de abajo (la que no se veía por estar hacia debajo del pez en la bandeja) era mucho más fina. Parecía casi de papel finísimo y se rasgaba más de lo esperado al pretender, con los cubiertos apropiados, aprovechar lo que fue pez y era pescado, para comerlo. Menos mal que por ahí, con trabajo, pude, poco a poco, ir despellejando la pulpa de color blanco, carnosa y casi cruda.

Luchaba, yo, con un pedazo de pescado servido en un plato pequeño sobre una bandeja que además contenía suculentas decoraciones -se comían también-, en el diminuto cuarto de techo altísimo, donde me correspondía estar. Enfrente de mí, y a los lados, apenas tenía espacio; solo con extender un poco los brazos podría haber tocado las paredes; no era así a mi espalda donde, bastante más lejos, se encontraba la puerta por la que había entrado tras cruzar otras varias -todas muy altas- que se abrían tirando de izquierda a derecha y me dirigieron indefectible e irremediablemente sin posibilidad de retroceder, ora girando a la derecha, ora a la izquierda o de frente, hasta el lugar en que me hallaba.

Curiosamente, no sé por qué, tenía el tiempo limitado. Y como me liaba y tardaba bastante en mi investigación de cómo comerlo al mismo tiempo que tenía la esperanza de que alguien me explicara la forma de manejarlo, se me fue cerrando el espacio trasero. Por fin pude saborear un pedazo: estaba bueno… aún más: quizá debido a las dificultades que había pasado, me pareció francamente delicioso.

Me agaché solo un momento para recoger la servilleta que se me había caído y, cuando me volví a mi plato para servirme alguno de los manjares que decoraban el pescado, me encontré con que la decoración del cuarto, la silla, todo menos la pared de enfrente y la mesita con la vianda, habían desaparecido. En una postura más bien incómoda, seguí luchando por comer. Saboreé un pedazo y traté de continuar pero se me ocurrió mirar la factura impresa (no me pareció cara porque llevaba dinero de sobra para pagar (curioso pensamiento para un sueño) ) y decidí ir a preguntar en la sala principal del restaurante que por qué, en cuanto me di la vuelta, se me habían perdido -¡la bandeja también!- la silla, el plato, la mesa y todo lo demás ¡hasta la factura!–… y, al mismo tiempo, para explicarles que ya sabía cómo se comía el pescado, para que supieran que “yo sabía”; y que quería pagar la cuenta.

No vi ningún restaurante, pero sí una especie de gran sala de paredes lisas que iban cambiando sin que se notase apenas, donde todo parecía normal e igual que antes, aunque ahora tuviera un aspecto completamente distinto.

No me hicieron mucho caso, así que decidí volver, otra vez, a mi comedor; pero al abrir la primera puerta altísima y muy estrecha ahora que giraba de izquierda a derecha, por la que cabía justo, no entré en el comedor o, si lo hice, no se parecía en nada al de donde había salido; y ni siquiera se veía el pescado.

Pensé que no iba a poder pagar la cuenta, porque no la tenía, y no podía permitir que eso ocurriera; o sea que volví atrás y reclamé porque me habían quitado todo – ¡hasta la factura! – y que al menos quería pagar lo que había pedido, tenido y apenas consumido (Ésta es mi forma de decirlo aquí, no como yo lo dije, porque no hay manera de desarrollar fácilmente el diálogo de un sueño).

Se excusaron explicando que se había acabado la hora de restaurante chino y estaba pasando de ser eso (restaurante chino) a otra cosa. Yo les comprendí.

-Pero no se preocupe. Buscaremos entre las decoraciones -me dijo una mujer que se puso a mover una tramoya con cortinas y decorados correspondientes a cuando había habido restaurante y, me parece, otras muchas cosas. Como suele ocurrir en los sueños, nada me pareció extraño.

No encontramos nada. Pensé que habrían tirado todo “para ahorrar”; me preocupé por la factura.

-No se preocupe – me volvió a decir la misma persona-. Seguro que todo está en el lugar en que comió.

E indicó a una mujer joven y atractiva (china) que me acompañara a buscarla donde pudiera encontrarla.

La muchacha nueva y yo nos dirigimos hacia donde decían que podría encontrar todo. Atravesamos un puente de madera que cruzaba un estanque (me pareció de aguas no muy claras, pero es que había bastante oscuridad, aunque estuviera algo iluminada (la oscuridad) por luces de bombillas y quinqués) y rozó, su brazo, con el mío. Sentí una sensación placentera; como si se me erizase la piel. Ella no hizo nada por evitarme. Me acerqué más. Rozamos las pieles de nuestros brazos. Le pregunté qué haría después del trabajo y me dijo que iría al cine. Añadió que le gustaba mucho el cine. Tomé su mano de ella y ella la mía (como con disimulo, sin que se notara, pero gozándolo). Mientras llegábamos a donde parece que comí, quedamos en que después -encontráramos las cosas, o no- iríamos, al cine. Seguimos de la mano. Pensaba que este es un mundo en el que debemos no disimular las sensaciones de sentimientos de amor; nos amábamos o por lo menos nos gustábamos y empecé, casi, a sentir como la sentiría cuando estuviéramos juntos.

 Íbamos a entrar en donde fuera, cuando desperté de mi sueño.

Antes de dormirme, la noche anterior, había leído un artículo sobre los diez mejores restaurantes verdaderamente chinos de España y pensé, después de mucho meditar, que no fue casualidad que el restaurante del sueño fuera chino; pero me sentí triste por no haber podido ir al cine con aquella deliciosa criatura de piel china que me encandiló y estuvo a punto de hacer que tuviera un orgasmo mientras dormía.   

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