Lo cuento como una anécdota porque fue así, tal como la cuento. Lo viví así mismo en Maputo, la capital de Mozambique una tarde en el año 2001…   

El suelo es rojo; debajo de un manglar que da sombra.

         Unas casas hechas de cañizo con tejados de paja, bajo un cielo azul, y unas sillas de plástico (triste contraste pienso para mis adentros) y Lulu pelando unas patatas que cocinará  con la gallina que ha matado su amigo.

         Suena el viento al mover la brisa las hojas alargadas de los mangos. Se oyen también algunas aves. Me hacen pensar que esto podría ser el jardín del Eden.

         Pero la emisora de radio no encuentra música africana. Canciones tristes portuguesas, rock and roll americano, influencias europeas en la cultura mozambicana.

         -Hohigo: ¿Por qué no tocas la mbirra? -le pregunto.

         Apagamos la radio.

         Hohigo golpea las láminas de cobre con sus dedos. Surgen de la caja mágica de madera sonidos metálicos (en una escala de arriba a abajo y de abajo a arriba) que llenan el aire de magia.

         La tierra es roja. El sonido del aire se mezcla con el tañido redondo del cobre. Una mujer machaca con un gran palo un recipiente con mijo y los golpes monótonos acompañan como un fondo rítmico la música de Hohigo.

         Es domingo. Estamos cerca de Maputo.

         Aquí, la gente saluda. El aire mueve las ramas, que hablan.  La música es más música porque suena paralela a la tierra.

         Y esta escucha y respira.

                                               Jorge de Satrústegui

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