Mía Couto (el gran escritor mozambicano) habla de dos Áfricas. De la que guarda las tradiciones, mágica en cierto modo, la que muere sin pausa y sin remedio aunque todavía se puedan observar sus mil caras y su fuerza en algunos momentos, y la que crece y se extiende poco a poco pero cada vez más deprisa desde las grandes ciudades del continente: la del modernismo laico o religioso, da igual, porque laicismo es al fin y al cabo en el sentido africano toda religión que no tiene en cuanta a los antepasados ni a las fuerzas de la tierra.

         Pero creo que Mía Couto está tan equivocado en sus conclusiones como los confusos africanos que absolutamente embebidos en el progreso occidental no acaban de darse cuenta de que se puede ser moderno y tradicional al mismo tiempo. Después de todo, ¿qué son los santos? ¿No creen las religiones que llamamos modernas, aunque muchas de ellas también tengan miles de años de antigüedad, que la oración a los seres en ellas venerados -sean santos, Dios o quienes queramos en lugar de antepasados u otras fuerzas- nos ayuda en la consecución de nuestros deseos o de lo que es mejor para nosotros? (Dura alternativa, por cierto, esa de “lo que sea mejor para nosotros” que nos obliga a conformarnos con el mal como si fuera el mejor de los bienes y nos planta ante nuestras narices el sambenito eterno, creado por las minorías que nos gobiernan, de que no sabemos, de la misa, la media).

         Animismo: No acaban de darse cuenta de que es posible ser un magnífico ingeniero, arquitecto, o informático; entender la economía y las ciencias modernas, sin olvidarse de que La Tierra es nuestra madre, a quien debemos la vida, de que nuestros antepasados después de morirse -la energía no se crea ni se destruye, al fin y al cabo, solamente se transforma-, están cerca de nosotros y pueden ayudarnos porque son fuerzas positivas. Y digo no acaban de darse cuenta porque, aún sin saberlo, están sujetos a su pasado -como lo estamos todos- y no se desprenderán tan fácilemente de su mundo: de las tradiciones que durante siglos rigieron los caminos de sus vidas.

         Aunque los antepasados y la Tierra nos obligan a unos cuidados que otras religiones nos perdonan porque en estas nos dirigen unos “pastores” (somos ovejas), lo que hace más fácil el camino y -en último caso- nos ofrecen el perdón por lo que hacemos mal. Es más difícil, pienso, ser un buen animista que un buen católico (por ejemplo) y se necesita más sentido de la responsabilidad, del bien y del mal y de la justicia si se es animista que perteneciendo a cualquiera de las muchísimas iglesias que invaden Africa procedentes de todos los países del resto del mundo.

         Pienso de vez en cuando que quizá algunos de los grandes males de África se pueden deber a una llamada de atención de los antepasados que se están sintiendo apartados, cada vez menos respetados, porque quienes viven pretenden olvidarse de que están ahí.

         Confusión: confusión de culturas, de músicas, de literaturas, de religiones, de pensamiento. Tradicionalistas que adquieren aires de intelectuales sofisticados dando la espalda a las sociedades por las que podrían hacer más, seguramente. ¿Pero saben ellos dónde están? Se encuentran mejor en un Café de París o de Madrid filosofando de lo que quieren para Africa que en su tierra tratando de encontrar una solución a los problemas que asolan sus tierras. Y se preocupan y ocupan de la globalización (¿qué periodista de prestigio no ha preguntado a algún intelectual qué opina sobre eso?) sin acabar de saber lo que es porque podría ser cualquier cosa, desde el perdón de la deuda externa (¿se llevarían los beneficios de ello sus gobernantes?) y la ayuda a levantar cabeza hasta la ley dura del dinero según la cual el que tiene mucho vivirá bien y el que nada tiene tendrá que aguantarse porque no hay lugar en el mundo para los miserables.

         Que no he visto a político ninguno observando la miseria de los pobres indigentes de todos los días, los que no tienen para comer ni cuando no hay sequías, consecuencias de guerras ni inhundaciones y la mayor parte de las veces viven abandonados a su suerte en medio de la basura que les ofrece la modernidad: en los lugares más lóbregos e insalubres de las ciudades, excepto cuando salen a “afear” la superficie en su profesión de mendicantes tan mal vista por los ciudadanos de provecho.

         Confusión, decía. ¿Sabemos lo que queremos? Manda la música moderna: El rap, el rock & roll, la música máquina, acompañados cuando se puede de esas ropas que están de moda en todo el mundo: unos pantalones y camisolas desmedidos que parece que hubieran sido hechos para los padres -si son gordos- de quienes los llevan. Y los jóvenes africanos de las ciudades, si son pudientes (y si no ya afanarán alguna manera de poderlo conseguir) se mimetizan a su manera con los europeos y americanos porque eso del sentido de la estética ha cambiado de tal modo que dentro de poco el jorobado de Notre Dame será el canon de belleza masculino.

         El otro día se celebró la fiesta de la juventud mozambicana, aquí en Maputo. El centro de la ciudad fue invadido bajo la sabia batuta de los dirigentes, que usan luego estas manifestaciones para hacerse propaganda, por miles de ingenuos ciudadanos jóvenes. Después de los discursos, actuaron varias bandas de las que están de moda en Mozambique. Músicas modernas, ruidosas, que servían para alegrar la fiesta. Hasta que subió al estrado una banda casi desconocida apenas tenida en cuenta por las modas oficiales, las marcadas por la bendecida Asociación de Músicos de Mozambique. Y sonó la percusión tradicional interpretada por un tocador de tambores que se siente enraizado en las costumbres antiguas -las de siempre- y algunos instrumentos más, tradicionales. Y la gente vibró. Las palmas de acompañamiento de los ritmos antiguos ocuparon el aire y los aplausos ensordecieron las calles repletas de gente. Todos se sintieron inmersos en La Africa de siempre: en su música; en las tradiciones antiguas. Sin saber por qué, se sentía la emoción. Se llenó la atmósfera de magia

         Cuando todo acabó, volvieron a sus casas. Y al día siguiente, los mismos ritmos de siempre. los que les dan las multinacionales. Los que les hacen creerse que son modernos.

         ¿África pobre? En Mozambique -dicen- hay más de cuatrocientas ONGs trabajando. Con las riquezas que tiene el país, más las ayudas, cada vez entiendo menos lo que pasa; o, más triste, sí lo entiendo. Los mendigos de Maputo siguen saliendo todos los viernes por la mañana para que les den algunos meticáis (moneda nacional del país): que no entran en los presupuestos de tantas ayudas. Y una mujer bienintencionada que quería crear riqueza enseñando a la gente a trabajar tiene, desde hace más de un año, trece o catorce máquinas de coser arrinconadas (que le dieron los de una “Cooperación” europea generosa cumpliendo sus objetivos de invertir dinero) sin acabar de poner nada en marcha porque no encuentra un local, ni quien enseñe a las futuras posibles alumnas a hacer costura.

         Y, en estas circunstancias, todas las religiones, todas las sectas y similares proliferan. Con el apoyo de los gobernantes que ven con buenos ojos que otra gente consuele y dé esperanzas a los ciudadanos mientras ellos (los gobernantes) consuelan sus bolsillos y hablan de planes de reconstrucción del país aunque los únicos que invierten algo son los países que cooperan.

         Por cierto. Maputo es una ciudad llena de tráfico rodado. Coches de todas las marcas y modelos -viejos y nuevos- corren suicidas o tratando (parece) de arrollar a los peatones que cruzan indefensos las avenidas de la ciudad. Me han dicho que el ochenta por ciento de los automóviles de aquí fueron robados en la vecina República Sudafricana.

         La verdad, no me lo creo. Por mucha corrupción que haya, no se pueden inventar (pienso) tantas transferencias de vehículos. Serán, todo lo más, el 75% los que vienen del país vecino. Perdón; es un chiste malo.

         Cerca de mi casa, casi todos los días, suelo ver un coche casi nuevo y flamante con matrícula de Sudáfrica. Debe ser un centro de “reconversión” porque, al día siguiente, otro coche distinto ocupa su lugar.

         Pero lo que más me duele son los mendigos. Una persona -aparentemente bien intencionada- me dijo un día:

         -No des limosnas porque si lo haces no te dejarán en paz. Te pedirán todo el tiempo.

         Pasábamos al lado de de una vieja mujer a la que le faltaban todos los dedos de las dos manos.

         Mierda de mundo, en el que vivimos. Por cierto, aquello me lo dijo un europeo que viene a aquí a ayudar al pueblo mozambicano.

                                         Jorge de Satrústegui

                                        

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