Cantaron alegres las alondras con gorjeos de los años setenta

 y un ramo de amapolas acarició con su aroma

el dulce ser de una niña inocente.

A millones de distancias,

cuando las ruinas de los seres de la verdad

abandonaron las fantasmagóricas sombras del campo de batalla,

nadie supo qué decir.

Lo que otrora fue cálido y alegre,

se convirtió en lúgubre, bárbaro y horrible,

sin envidiar en la muerte la fama de los tercios de Flandes

ni el holocausto judío o la matanza tahína.

Lágrimas del cielo apagaron los fuegos fatuos

y los cantores de masacres hermosas y de muertes sublimes,

disfrutaron del verbo glorificando a los héroes del tiempo:

a los pobres que murieron,

a los muertos que vivieron,

a quienes lucharon en el lado de sus parientes,

a los vivos y a los muertos que derramaron su valor

para acabar con las vidas de los malos…

Los perversos.

Los que osan cantar.

Los que ríen.

Quienes sufren y lloran.

Los que comen o pasan hambre.

En el nombre de Dios.

En el nombre de Alá.

Con la Verdad por delante.

Una niña inocente transportó el ramo de flores, con amor,

hasta el altar del Señor y sintió la paz en su corazón.

En el valle de los muertos, en el campo de batalla

donde quedaron los muertos, todo era silencio.

Y una hiena que pasaba por allí creyó en Dios.

Él la había bendecido con la paz y la abundancia

en una demostración de infinito amor.

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