La noche había caído sobre la selva, la sabana, los ríos y los lagos; sobre los ergs, los regs y las hamadas en los desiertos lejanos del norte y el Sur.

Los sonidos apenas rompían la calma; más bien la acompañaban.

Las ranas croaban al cielo; a la luna, pálida lámpara de luz gélida que iluminaba el claro del bosque, las copas de los árboles, el agua que discurría tranquila en los lechos de los ríos y permanecía en los lagos y los tejados de las chozas de los poblados.

El chirrido de los grillos llenaba de tal manera el ambiente que casi no se percibía; pero hacía que el aire pareciera más espeso.

Una hiena rio o lloró en la lejanía.

Un búho cercano, compañero de la noche y, según dicen, amigo y confidente de los brujos, ululó.

Ibeke, arrodillado, sentado sobre los talones de sus pies, amasaba concienzudamente una pasta espesa que había sacado de una cesta fabricada con hojas de maíz y tallos tiernos de ramas de acacia, y mezclado con el polvo contenido en un saco que llevaba colgado al cuello. Parecía harina, pero era un veneno poderoso extraído de la raíz del árbol del bengue que crece en la selva junto al lejano río Bomokandi. Por la región del Uele. Donde viven los mangbetu y merodean los azande. Donde la verdad de los Oráculos todavía rige las vidas de las personas. En el lugar en el que las leyes de sus habitantes no prohíben comer la carne de los enemigos.

A su lado, un pollo macho de gallo, con las patas atadas con una cuerda, permanecía inmóvil. Cualquiera diría que estaba muerto si no fuera porque la luna llena se reflejaba en el ojo que se veía y tenía abierto, más que en ningún momento anterior de su vida, con expresión de terror.

El hombre, después de un buen rato, pensó que la masa había tomado la consistencia apropiada. La envolvió en una hoja que lio con una cuerda.

Se levantó y con cuidado, sujetando el resultado de su trabajo con las dos manos, lo dejó a unos metros, junto a la pequeña hoguera que tenía encendida en el centro del calvero.

Volvió sobre sus pasos y cogió el ave. La colocó junto al paquete. Introdujo sus manos en una vasija de calabaza de boca ancha que contenía agua y las frotó, dentro, una contra otra. Después, las extendió junto al fuego, a una distancia prudencial de la llama para no quemarse.

Ibeke era el hechicero y el médico de la aldea. Solo llevaba encima un taparrabos hecho con corteza de árbol machacada y convertida en tela, y un collar del que pendía una variedad de bolsas pequeñas y varios amuletos constituidos por dientes, huesecillos y algún otro objeto de difícil identificación, además del saco que había vaciado.

Aparentaba ser tan viejo como el tiempo. Su cuerpo encorvado parecía mentira que pudiera mantenerse en pie. Era como un fardo de piel lleno de huesos: como un envuelto para el pobre más pobre del mundo, porque no tenía carne. Un manjar sabroso para algún perro desvalido o para cualquier merodeador hambriento que buscara, a falta de carne, aunque fuera, huesos.

Pero los perros desvalidos, los depredadores y los carroñeros jamás hubieran osado acercarse, prevenidos por su instinto, al hechicero. Los perros, los leopardos, los leones, las hienas, los búhos y muchos más animales sabían que Ibeke, además de medicinero y hechicero, era brujo.

“La noche es clara” -pensó. Miró al cielo y observó que no había ni una nube. Las ramas de los árboles que rodeaban el lugar marcaban los contornos del calvero. Pretendían extender su sombra oscura pero la luna no lo permitía.

El hombre se puso en cuclillas. Se dedicó ahora a coger tierra con las manos y a arrojarla contra la hoguera. El fuego lanzó pequeños destellos, al principio acompañados por el ruido de un chisporroteo. Luego, se apagó.

Sonó un chasquido. Justo un ruido que advirtió a Ibeke que no estaba solo.

El búho lanzó dos voces (¡uhú, uhú!) para avisar que estaba al tanto del misterio.

Un antílope enano, del tamaño de un conejo, cruzó asustado la explanada y volvió a perderse, tras la maleza, en la selva.

Ibeke pronunció, mientras bamboleaba su cuerpo adelante y atrás, palabras ininteligibles en una retahíla, repitiéndolas una y otra vez; como si se tratase de una lección aprendida de memoria o de una fórmula mágica cuyo significado solo deberían entender los seres del más allá o el mismísimo Oráculo al que iba a consultar.

Ahora, no fue un chasquido. Se escucharon rumores como si la vegetación fuera apartada por algún cuerpo que se acercaba en silencio.

Al fin se apartaron unas ramas y aparecieron dos hombres. Iban descalzos.

Uno de ellos, casi anciano, no llevaba camisa. Vestía pantalones cortos, de color claro, ajados por el uso y por el tiempo. La luz de la luna le iluminaba la parte superior de las costillas; las rodillas salientes bajo sus escuálidos muslos; la piel que cubría el esternón y la clavícula; la nariz y la frente, formando un claroscuro algo truculento y a la vez triste y melancólico.

El otro era mucho más joven. Quizá, no alcanzaba los treinta años. También era más bajo. Llevaba una camiseta medio blanca que casi le llegaba a las rodillas. Su frente brillaba con las gotas de sudor que chorreaba y reflejaban el resplandor del cielo de la noche. Había caminado detrás de su viejo compañero.

Los dos se detuvieron en seco. El hombre que tenían delante les daba miedo a pesar de ser su aliado. Nadie está seguro de que un brujo hechicero pueda ser amigo de alguien que no sea él mismo, su búho o las fuerzas ocultas que domina.

Ibeke, sin parar de recitar su letanía, les observó y se sintió satisfecho. Era bueno que su fama y sus actos infundieran respeto.

Aparentó no haberles visto o, más bien, que su llegada no le importaba en absoluto y continuó su perorata durante un buen rato que para él fueron tan solo unos minutos y para sus visitantes una eternidad.

Se sentó en el suelo de manera que delante de él quedaron el gallo y el envuelto. Miró a los recién llegados.

Una brisa agitó las hojas y las ramas de los árboles que sonaron al ser mecidas por el viento ligero. De repente, se oyó un silbido. Una polvareda en forma de remolino se levantó y recorrió el calvero.

El hechicero no se movió cuando pasó rozándoles a él, al envuelto y al pollo, cuyas plumas se agitaron. Cruzó por encima de donde había estado encendida la hoguera, y las cenizas se esparcieron.

Bokanga y Makeke se agacharon hasta casi quedar tumbados sobre el suelo y cubrieron sus cabezas con los brazos intentando que el torbellino no les alcanzase. La expresión de sus ojos reflejó angustia ante el temor a la posibilidad de que alguno de los espíritus que viajan en el viento ocupara sus cuerpos. Espíritus de locura; almas errantes que no encontraron su destino o de seres del más allá que buscan algún cuerpo en el que entrar para poder dominar a quienes están en este lado de la vida.

Pero el pequeño embudo de polvo se desvaneció con la misma celeridad con la que se había formado.

Volvieron a oírse las ranas y los grillos.

La noche clara se volvió aún más clara. Se podían observar todos los objetos que había en la explanada. Un termitero emergía del suelo, a casi dos veces la altura de un hombre, en el otro extremo del llano; algunas matas de hierba crecían en el suelo de tierra; las arrugas de un tronco que distaba un par de metros del hechicero se distinguían en una mezcla de grises claros y negros que marcaban cada detalle. Incluso el ojo del pollo de gallo exhibía, aterrado y angustiado, su pavor.

-Buenas noches, Ibeque -dijo Bokanga, el mayor de los visitantes. Casi no levantó la voz, para no ahuyentar al silencio, no fuera que el otro se ofendiera.

-Aháaaa -fue todo lo que se dignó contestar el brujo. Como si la razón para no decir otra cosa hubiera sido que estaba muy ocupado, cogió el pollo con la mano derecha y lo alejó de sí todo lo que pudo, estirando el brazo.

Lanzó un escupitajo que alcanzó de lleno al animal.

Makele, el otro recién llegado, se atrevió a aclararse la garganta con un tímido carraspeo. Tras esto, casi no se oyeron sus palabras de saludo.

-Buenas noches, Ibeke.

-Os estaba esperando. -El hechicero les miró inexpresivo.

Hizo un gesto invitándoles a que se acercasen.

– ¿Lo trajisteis? -preguntó cuando llegaron a donde él estaba después de que, con toda celeridad, se agacharon y quedaron entre sentados, medio en cuclillas y arrodillados para no sobrepasarle en altura y que no pareciera que le faltaban al respeto.

El más joven levantó precipitadamente la parte baja de la camiseta y metió la mano en un bolsillo de su pantalón de color rojo. Tendió la mano al brujo al mismo tiempo que decía:

  • ¡Sí! Ten.

Ibeke cogió el mechón de pelo que Makele le tendía. Lo contempló durante unos segundos con expresión satisfecha. Mientras cerraba el puño para no perderlo, abrió con sumo cuidado, utilizando los dedos índice y pulgar de cada mano, el saquito vacío que colgaba de su cuello del que antes había sacado el polvo de bengue. Introdujo el pelo en él y lo cerró.

-Está bien.

-Tened -dijo después, al mismo tiempo que les entregaba dos palos pequeños y largos-. Esta es la prueba de que el Oráculo de las termitas fue hecho y de que su resultado es positivo.

 – “El que está mordido, es el que estaba en la parte de arriba del termitero. Las hormigas decidieron que es el momento propicio para cambiar el destino.

-Ahora lo confirmaremos con el Oráculo de Veneno. ¡Acercaos más!

Bokanga, el viejo, y Makele, el joven, se pusieron junto a él, cada uno a un lado.

Ibeke cogió una pequeña estaca y se puso a girarla rápidamente con las dos manos. La punta inferior giraba a toda velocidad, a un lado y a otro, en el hueco de un pedazo de madera.

-El fuego debe ser puro como lo hacían los antepasados. Que salga de la tierra, de los árboles, del aire, de la magia de las manos -dijo sin apenas prestar atención a sus acompañantes.

Volvió a murmurar palabras secretas que nadie excepto él y algunos iniciados entendían:

“¡Asomokeka, oh, oh, oh!

Asimongondye ka ¡Oh, oh, oh!

Muana ndongo tyanya.

Tuangani ka.

Ehahá háe

Una, dos, tres veces escupió al pollo de gallo después de coger aire para respirar.

Primero, se vio un hilo de humo que salió del trozo de leña frotado con el palo. Después surgió una llama pequeña. Ibeke sopló y echó encima unas briznas de hierba. Fue añadiendo pequeñas ramas y luego otras más grandes hasta que quedó encendida la hoguera.

No lejos de allí, Berenyé, la mujer principal del Notable Mboli, jefe del poblado, dormía en su choza.

Soñaba que en el centro de un gran llano había un árbol.

El árbol tenía solo cuatro ramas dirigidas hacia los cuatro Puntos. Estaba desnudo de hojas.

Berenyé, andando a través de la hierba, se acercó al ekuk. Más que caminar, le pareció en el sueño que volaba al ras de la tierra.

Cuando llegó, vio un agujero que se agrandó para que pudiera pasar, o ella se hizo tan pequeña como un pájaro picaflores, porque entró dentro del tronco sin ninguna dificultad.

El interior era espacioso y estaba iluminado con decenas de fuegos colgados en las paredes. En el centro había una mesa muy vieja. Solo tenía dos patas, pero se mantenía en pie gracias a dos pilas de calaveras que le servían de apoyo en las dos esquinas cojas. Una silla, al lado, solo tenía una pata, pero permanecía en pie. Se balanceaba ligeramente como si alguna fuerza invisible la sostuviera, aunque en cualquier momento, cuando dejara de soplar, se derrumbaría; o saldría volando por los aires empujada por un hálito de vida.

Encima de la mesa, había una calavera. Sus ojos no dejaban de girar y morar a todos los lados dentro de las cuencas que parecían podridas y estaban llenas de gusanos.

Uno de los ojos salió de su sitio y se acercó rodando a Berenyé.

– ¡Ya estás aquí, Berenyé! -dijo la calavera cuya voz sonó mezclada con el ruido producido por el choque de los huesos maxilares. El ojo paseante volvió a su cuenco y se quedó mirando a la mujer mientras el otro continuaba mirando a todos los sitios.

Berenyé, en su sueño, vio cómo, del hueco en el que debía haber estado la nariz, surgió una lengua que se arrastró por encima del tablero de la mesa al mismo tiempo que crecía.

Cuando llegó al borde, salió disparada convertida en una mamba verde.  Antes de alcanzarla se disipó como si hubiera sido una ilusión. La mandíbula castañeó y emitió una risita histérica. Y la calavera también desapareció.

Berenyé se miró las manos y observó que se habían agrandado. Las palmas eran enormes y estaban llenas de callos. Los dedos eran largos y las unas estaban rotas. En pocos segundos sufrió una metamorfosis y las uñas crecieron hasta convertirse en garras afiladas.

Se volvió hacia el agujero por el que había entrado. Estaba tapado por una colmena de abejas que no había visto antes. Los insectos volaban a su alrededor en un enjambre. Entraban y salían produciendo un zumbido intenso que hizo que los oídos le dolieran.

Pero volvió a entrar la luz. El panal se esfumó y la mujer pudo regresar al exterior acompañada por las abejas. Una vez allí, se acabó el dolor y desaparecieron los insectos. Las manos recobraron su apariencia normal encogiéndose sobre su mismas.

Al cabo de unos segundos se quedó sola bajo la claridad de un día soleado.

El ekuk, el árbol seco, tampoco estaba allí.

Berenyé se despertó. Percibió la respiración de su hombre encima de ella. Notó el peso de su cuerpo y que trataba de abrirle las piernas. No opuso resistencia.

Sintió como la penetraba.

Abandonó su cuerpo a la voluntad de su marido y se concentró en sus pensamientos. Trató de recordar todo lo que le había sucedido durante el sueño para que Ibeke, el sabio, se lo interpretara al día siguiente.

                                                         Jorge de Satrústegui

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