Berahile es un pueblo que está en los mapas del Norte de Etiopía. Es la puerta por la que se entra al desierto de Dallol –el lugar más caluroso, según dicen, de la Tierra– donde se extrae la sal. Allí, manipulan los tochos de mineral, los recortan formando barras uniformes y empieza su comercio, que se extiende a otras ciudades más populosas del Norte del país donde se vende la sal, no en polvo o granulada como nosotros la conocemos, sino en forma de lingotes.

Leí un artículo sobre el desierto de Dallol y Berahile, que me impresionó, y pensé que me habría gustado estar allí, aunque fuera por poco tiempo.

Y soñé.

La fotografía no la saqué del sueño. La copié de Internet de un artículo -creo- en Wilkipedia.

Descendí del coche y me alejé de él andando, pisando con sumo cuidado el suelo de tierra y piedras para no doblarme un tobillo.

Berahile había cambiado desde la última vez que estuve allí. El fulgor irreal de las farolas iluminaba las casas y me permitía -como si fuera magia- sentirme una parte de aquello: ver, oler, adivinar, flotar, pisar en aquel mundo de sombras adonde había llegado la electricidad -unas luces de modernidad trasnochada, de tiempos casi lejanos- como único avance tecnológico perceptible.

No había nadie en la calle. Las chozas y las casas de adobe o ladrillo, de una planta, apenas mostraban voluntad de formar urbe porque, a pesar de estar amontonadas, parecían almas en pena de moradas deshabitadas como si alguien, por alguna razón mágico-filosófica, hubiera tenido la intención de otorgarlas un alma y no hubiera podido, al menos hasta entonces

Anduve hacia donde me pareció que había más luces con la esperanza de, en el camino, encontrar alguna puerta que me invitara a entrar; pero mis pasos produjeron tanto ruido a causa de los cantos y piedrecillas despedidos y pisados por las suelas de mis botas, que se me hizo un mundo, su eco, y me entró miedo de despertar sin querer a todo aquel pueblo en el que no conocía a nadie. ¿Cómo se podrían describir esos ruidos sin decir “plass; plass; crrass” y otras onomatopeyas malsonantes? Por mucho que tratara de espaciar las zancadas, solo conseguía que, cada una de ellas, insultara más al silencio.

Pensé que aquello era un sueño y me tranquilicé. Quise despertarme, pero no lo conseguí; sentí necesidad de hablar con alguien, pero estaba solo. Deseé beber cualquier cosa, sentirme rodeado de gente, ver cuerpos de mujer, notar su olor, oír; pero no había nada ni nadie.

Eché un vistazo atrás y contemplé el viejo auto que me había llevado hasta allí: me dio la impresión de que formaba parte del paisaje desde siempre; desde antes, incluso, de que hubieran inventado el automóvil o el motor de explosión. ¿Sabría quedarse quieto o sería capaz de volar hasta la luna si se sentía abandonado? Pensé que había pensado una tontería. Miré a la luna. ¿Qué iba a hacer un viejo automóvil allí arriba? Siempre estaría mejor aquí, aunque, tal vez, solo sirviera para que le robasen las ruedas o para desmantelarlo.

Volví a ponerme en marcha. No sé cómo lo conseguí, pero mis pisadas resonaron mucho menos.

Desde la oscuridad, apareció un perro negro y fui hacia él. Cuando estuve al lado, me detuve. El animal, de hocico afilado y cuerpo enflaquecido, olisqueó mis zapatos y los pantalones de tela vaquera. Me miró, se puso delante de mí y haciendo algo parecido a una señal –como queriendo decir que le siguiera– emprendió un paso cansino con la cabeza gacha, hacia alguna parte.

Bajamos una cuesta, dejamos atrás las construcciones y emprendimos la travesía de una explanada con huellas de ruedas de carros y animales, en la tierra, bien marcadas por las sombras producidas por algunas farolas encendidas donde se levantaban las casas. Seguimos andando, casi compañeros ya, en dirección a las luces del otro lado del descampado: Yo, con la esperanza de beber algo, de encontrar vida humana después de aquel viaje, tan largo, hasta la nada. El can, como haciendo honra a su atributo de siempre: el de ser el mejor amigo del hombre.

Y comenzamos a desalojar la soledad porque, del lado hacia donde íbamos, llegó un sonido de música, -lejana al principio, alegre, bulliciosa a medida que nos acercábamos a ella- acompañada de tambores, flautas, sonajas y voces de hombres y mujeres, que se dejó oír.

– ¡Loado sea El Señor! -exclamé, abriendo los brazos en cruz y mirando a la luna.

Vi la silueta del automóvil que me había llevado hasta allí, recortándose en el cielo, camino de la luna.

– ¡Loado sea El Señor! –volví a gritar entre asustado y gozoso, sin atreverse a desdecirme de mi jaculatoria a pesar de ser consciente de que soy ateo.

Miré al perro; éste me devolvió la mirada con expresión de burla y de él surgió una risa gutural mal contenida, por la forma en que sonó.

En ese momento, me desperté. Abrí los ojos; era de noche. Resultaba que había dejado el coche en un lado de la carretera porque tenía sueño. Me desperecé estirando los brazos. Giré la llave y miré adelante tras encender los faros de mi Caravanne. Me sentí casi descansado y con el valor suficiente para continuar conduciendo hasta mi destino. Casi, podía adivinar las luces más allá del horizonte; la carretera -aunque estrecha y con baches- apenas tenía curvas. Arrancó el motor.

Desde la oscuridad, apareció un perro negro, vino hacia el automóvil y se detuvo delante. El animal, de hocico afilado y cuerpo enflaquecido, se sentó y miró impasible, como si tuviera visión nocturna, al interior de mi vehículo.

Abrí la puerta.

-¡Entra, anda!

El perro negro subió.

Ambos partimos juntos en busca de la música, aunque, antes de llegar a ella, perdí el sentido y desperté.

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