¿QUIÉN ES DIOS?

I

34 “Entonces la nube cubrió el tabernáculo de la reunión, y la gloria de Yahvé llenó el habitáculo.”

36 “Todo el tiempo que los hijos de Israel hicieron sus marchas, se ponían en movimiento cuando se alzaba la nube sobre el tabernáculo, 37 y si la nube no se alzaba, no marchaban hasta el día que se alzaba, 38 pues la nube de Yahvé se posaba durante el día sobre el tabernáculo, y durante la noche la nube se hacía ígnea a la vista de todos los hijos de Israel, todo el tiempo que duraron las marchas”.

Sagrada Biblia. Éxodo 40.

I

LOS SERES LUZ Y EL PUEBLO ELEGIDO

Yahabe hizo un mohín como si aquella carne cuya energía había aprehendido no le acabara de convencer. La luz azulada que desprendía o era su cuerpo se tornó un tanto morada.

-Tendré que dictar nuevas leyes -dijo a Luzhanfer, sin utilizar palabras ya que, entre los seres energía, el lenguaje que se usaba era el de las ideas exactas.- No acabo de estar convencido de que fue una buena idea elegir a estas criaturas para jugar mi partida. Hubiera sido mejor que las cogiera otro ser con más paciencia que yo. ¡No entienden nada!

Dejó de observar a la muchedumbre que se movía allí abajo e hizo un guiño a su amigo.

“¿Crees que acabarán siendo inteligentes? Me cuesta creer que venimos de seres que se parecieron a ellos por muchas eras que se hayan sucedido en nuestro perfeccionamiento.

-Supongo que sí; que acabarán creciendo si les ayudamos en su evolución. Pero no creo que la mejor manera de hacerlo sea enseñarles, ya, los principios de la existencia y menos dándoles una versión en la que les haces creer que tú eres el único todo -dijo Luzhanfer, con expresión de guasa.

Pensaba que Yahabe era demasiado ambicioso. Estaba tan metido en el juego de la evolución de las especies de aquel punto del espacio que creía tener derecho a encaminar los pasos de esos seres primitivos de la forma que él quisiera. Cambiaba los espacio, masa y tiempo de lo que es el TODO por un padre, un hijo y un espíritu que eran él, EL UNO. No le acababa de gustar tanta ambición.

-¿No estás de acuerdo con cómo llevo la partida, Luzhanfer? –pregunto Yahabe algo contrariado por el comentario de su amigo.

-No estoy ni dejo de estar, Yahabe. Pero yo les dejaría un poco más a su aire -Luzhanfer hizo un ligero gesto de color rojizo-. Con tu sistema, sabemos que creerán que tú eres la única verdad. ¿Te parece eso razonable sabiendo que otros como tú que entran en el juego y no usan ese truco?

-Los juegos se hacen para ganar, ¿no? Entonces… ¿qué me importa que intervengan más jugadores? ¿Por qué no te incorporas tú, Luzhanfer? Así podrás desarrollar tus dotes de Ser Máximo del Todo.

Por la mente de Yahabe se cruzó una idea. Su amigo Luzhanfer le podría servir para dar una imagen, a sus piezas, de lo que era el mal: la libertad, el pensamiento libre, el goce de los sentidos… así las tendría más dominadas, él, el creador, el que las había permitido llegar a ser lo que eran…

“Tengo que dar unas reglas de conducta a mis bichos”, pensó.

Un destello de emoción dorada reflejó sus pensamientos. Se haría dueño de aquel juego. De aquel mundo.

Luzhanfer no le hizo mucho caso No valía la pena preocuparse demasiado. Si Yahabe quería disfrutar… ¿qué más le daban a él aquellos seres?

Al fin y al cabo, él, su amigo, había comenzado antes el juego de las no reglas.

En algún otro lugar de aquella nada, que era el todo, habría otro juego en el que él, Luzhanfer, explicaría que la verdad era vivir.

Allí, Yahabe perdería su partida

 

Había pasado algún tiempo -varios miles de años para los pequeños seres de allí abajo; el tiempo de unas cuantas acciones, desde El Arriba, en sus partidas- cuando Yahabe fue llamado a presentarse ante el tribunal de los Seres de Luz, para responder de sus actos.

-¿Estás satisfecho de cómo llevas tu juego? –le preguntaron.

-No del todo, todavía –contestó Yahabe-. Pero con algunas jugadas más acabaré de aclarar el panorama…

-¿Como que eres el único, el todo y que tus creaturas deben darte gracias por existir porque todo te lo deben a ti, para que actúen como quieras?

Yahabe pareció algo sorprendido.

-Aunque hay algunos pocos que están en contra de las leyes establecidas-pensó (lo que era lo mismo que hablarles).

– ¿Establecidas por ti?

Un vacío silencioso llenó el lugar.

Pasó en un momento.

-Hemos decidido que debemos suspenderte porque tu recreación está llena de errores- sonó el pensamiento de todos, al unísono.

Un destello, entre verde y azul gélido, entre de sorpresa, de susto y de disgusto, iluminó el espacio de alrededor de Yahabe.

-Mis creaturas están haciendo grandes progresos dentro de la evolución…

-Yahabe; ¿A quién engañas? En tu juego, cada vez hay más dolor y más miseria. Has hecho un mundo en el que permites que unos pocos individuos puedan dominar a todo el resto según sus intereses, sin dar oportunidad, casi, a que se puedan librar de sus mandatos. Y mientras unas creaturas –las menos- viven en la opulencia, otras son esclavas y trabajan sin más capacidad de desarrollar sus querencias que la de tratar de conseguir pequeñas cosas. Y lo peor: Les enseñas que eres El Justo, El misericordioso, El Justiciero, El Amor, El Todopoderoso, mientras más de la mitad de las creaturas de  tu juego mueren en el dolor, en el hambre, en la injusticia, sin que los que tienen algo -¿es eso evolución?- se molesten en dar una oportunidad a los que no tienen nada. Pueden ser seres inferiores, pero también tienen derechos. Hay reglas en los juegos. ¿O no?

-Y ni siquiera haces milagros, ya, para que las creaturas desgraciadas se acerquen a las que tienen –un pensamiento individualizado salió de uno de los Jueces.

– ¿Y esa inmoralidad de prometer una vida mejor en otra dimensión que llamas cielo o paraíso para que aguanten las injusticias, los desfavorecidos, y pongan sus esperanzas en ti y en otra vida? ¡Engaños!

-¡Pero todos los demás, los que empezaron la partida conmigo la han abandonado o están arrinconados. ¿No? ¿No es eso jugar mejor que ellos? ¡Gané la partida! –Yahabe brilló en rojo. No podía permitir que le quitasen de las manos un triunfo que se había ganado con su inteligencia y estrategia.

-Por eso vamos a destruir todo tu juego, Yahabe – sonó la voz de todos, al unísono-. Has llevado tan mal a tus creaturas que, si las dejáramos crecer, acabarían siendo un peligro, en el juego de las evoluciones, para los demás seres que existen y puedan existir. Conceptos falsos, ambiciones ridículas, ignorancia que creen sabiduría… y encima creer que tú eres el Único.

-A partir de ahora, volverás a mirar cómo juegan los demás con otras creaturas, en otros juegos –sonó la voz del más antiguo de los jueces.

-Tardarás mucho tiempo en volver a entrar en un juego. Te relegamos a la categoría de aprendiz de ser supremo.

-Y ten cuidado, ¿eh? No sea que te desvolucionemos.

Yahabe no podía creer en su fracaso. Salió de la sala, cabizbajo.

Luzanpher le vio pasar.

Le saludó con una luz pálida de sentimiento de amistad.

-Hola amigo…

-Yahabe no le quiso contestar.

                                              Enero del 2008

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