Y se convirtió, con el tiempo, en un rollo sin fin de papel en el que se habían ido pegando todas las imágenes de mis recuerdos, todas las impresiones que me hicieron cambiar los pensamientos, las palabras que escribí o las que dije, para expresarlos, y las que oí o leí y me hicieron pensar, sentir, reír, temer y, hasta a veces –menos, porque me avergonzaba–, llorar. Ojos de mujer que pensaba algo de mí (o nada) y, a través de la retina o de las lentes de una cámara, se imprimieron, para nada, mientras pensaba en cómo podría poseerla, o amarla, sentirla o hacer que me sintiera. Sus ojos, que ni recuerdo cómo eran, quedaron impresos en una foto, en dos, o en más, o en mi cerebro, y ahora resulta que brillaban, veían, convertían lo anodino en sueño de ilusiones y proyectos y, cuando hube olvidado qué soñaba al mirarlos, volví a soñar y me di cuenta de que fui más feliz de lo que entonces pensaba porque ahora sabía la diferencia entre sentir y no sentir.

Cinta, rollo, tira larguísima, celuloide espiritual envuelto en nubes que son la bruma del recuerdo. ¿Es posible que viviera tanto en ese paréntesis que es el intermedio entre la muerte y el nacimiento, cuando estaba más cerca de éste, que ya es aquel, que de aquella que cada vez está más cerca aunque siempre estuvo aquí y nunca llega? 

Si doblara las vivencias… selva virgen entre barrotes de la cama-cuna donde me hice pis por última vez porque así lo había decidido mi voluntariosa mente de los seis años de edad. Escarceos amorosos a los 7 con Ana Mary y el contacto de un escudo del Real Club Celta de Vigo (tiene una cruz) por el cuerpo de aquel “Padre” (cura, sacerdote) muerto –cadáver–, cuando estudiaba interno en el colegio de los jesuitas de Valladolid, esperando algún milagro, o la bendición de los muertos y la gracia de los vivos, o un divertimento que acercaran la muerte a la vida, o viceversa, en medio de los murmullos oratorios de las beatas que rodeaban al muerto y miraban con actitud aprobatoria mi devota disposición al pasar el escudo del Celta por el cuerpo del difunto.

¿Tan larga es la vida que he vivido? Más corta que un papel higiénico porque, si lo dibujase, éste tardaría más en juntar las imágenes del final a las del principio que, en el rollo de los recuerdos, unos sucesos a otros aunque estos –ahora– sean también silenciosos para los oídos de dentro de las orejas, pero no para los del alma.

¿Qué más da el orden de los hechos? ¿No es, el tiempo, eterno? Si es eterno se convierte en no tiempo, sin referencias, y lo sucedido, los pensamientos, los amores y los odios (de estos pocos, que recuerde, por mi feliz tendencia a olvidar lo malo) son, están en el tiempo del no tiempo eterno, donde les sitúe el desorden perfecto del orden perpetuo.

Sombras; brumas. El aguacero selvático, aquel día – noche, de la ruta del kilómetro 80, cerca de Stanleyville (antiguo Congo), y nuestra apuesta para poner en marcha el tren eléctrico de juguete con el que nos divertíamos en casa, tras volver del rompeolas de San Sebastián calados hasta los huesos, golpeando las vías, no sé con qué fin, sí: con el de que arrancase el tren. Aquella tarde, terminamos de desbaratar nuestro juguete preferido durante varios años que duró. por lo menos uno y medio (¿o sería menos de uno?). El verde oscuro que se volvía gris húmedo, de suelo mojado, fangoso, rodeado de vegetación, de ramas, de troncos, de flores hediondas y aromáticas de la selva del Congo mientras, por arriba, se dejaba filtrar un gris claro de luz que decía que allí arriba era espacio abierto… porque la bandada de garzas que volaba en orden de ataque (de una película americana de aviones de guerra) recortando, sus siluetas, el cielo azul brillante de Guababerry, en el sur de la república Dominicana, en el paisaje idílico del jardín del edén, me hacían, por una vez y sin que sirviera de precedente, ser consciente de que la belleza me embargaba y me llenaba de emoción porque pensaba que aquello sería irrepetible.

Tú, mi mujer, la que eres, desde siempre y para siempre, la que amo, la que amé y la que amaré en el universo del tiempo-no tiempo, aunque te conocí ahora o ni siquiera llegaste a mí, todavía.

 Conciencia de que todo, en la vida, es irrepetible pero, en unas ocasiones más que en otras, porque unas veces es más verdadero lo que se vive y otras más tramoya, o puesto para que lo parezca, sin serlo: como la mayoría de las veces, los valores patrios que suelen ser subterfugios para tener amarrados a los pobres humanos y pedirles sacrificios de los que sacarán –siempre– más ventaja, los que mandan.

Y lo que he visto, amado, pensado –en pasado, en presente y en futuro– se mezcla con lo que quiero o no quiero y no he vivido, ni conocido pero sí, quizá, he soñado. O más que eso, desde que entraste en mi vida, ya que sé que existes, porque ahora empiezo a saber lo que puedes dar y lo que puedo sentir sin necesidad de subterfugios.

¿Premonición? Quizá, el día que te vi, seas quien seas, debería haberlo pensado –¿o siempre lo pensé? –. Tus ojos rasgados (profunda mirada), y tu boca –tus labios– sonríen promesas como las que las diosas de la antigüedad –las verdaderas– ofrecían a sus amados, amantes, esposos, esclavos, siervos y devotos cuando querían cambiar el curso de la historia del mundo, o simplemente la vida anodina de un día sin causa. ¿Qué más da lo que yo haga con tal de verte, de observar que me reflejo en ti, con tal de poder zambullirme en tu mirada?

Cálida piel que pide ser acariciada y recubre un cuerpo hecho para amar y ser amado, para sentir placer y contagiarlo; para poder vislumbrar, por fin y como siempre, lo que es querer, lo que es amar; lo que es la capacidad del hombre (el ser humano) de ser feliz, aunque sea por un rato; o por la eternidad completa… en un abrazo.

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