En el Poema de Gilgamesh (creado por escrito hace cerca de cinco mil años y en el desarrollo oral de la leyenda quizá más) se plantea desde el comienzo una búsqueda, una necesidad del ser humano de escapar de los círculos de limitaciones de tiempo de vida, de capacidad de conocimiento, o de desarrollo de la imaginación, en los que está encerrado, lo que nos lleva a entrever la necesidad de progresar hacia el estadio siguiente al homo sapiens (que proviene en la evolución de las especies de otra menos desarrollada intelectualmente) que podemos entrever pero no llegamos a alcanzar y tratamos de imaginar. Como si nuestra condición humana fuera consecuencia de un error -¿de una maldición?- por no haber sabido actuar cuando se nos ofreció algo parecido a lo que llamamos el árbol del bien y del mal y siguiéramos buscando nuestro verdadero destino.

Y es que no hemos avanzado mucho –nada– en el pensamiento, desde entonces: desde el poema de Gilgamesh, o desde las lamentaciones de un desesperado con su Ba, hasta el día de hoy

En el poema de Gilgamesh, por ejemplo, el hombre se llena de orgullo y dice, traducido al lenguaje moderno:

-¡Mirad! ¡Ved las murallas de Uruk! ¡Observad cómo los rayos del sol las iluminan y se reflejan en ellas! Están fabricadas con ladrillos cocidos, por lo que la fortificación durará años y años. ¡Hasta aquí ha llegado nuestra técnica! ¡Hasta aquí hemos llegado, nada menos, con nuestra sabiduría! (Hace, repito, más de 5000 años).

Como hoy decimos:

-¡Hemos llegado hasta la luna, mañana lo haremos a las estrellas! ¡El hombre más cerca que nunca de superarse a sí mismo, hace suyo el espacio…!

¿Qué hombre se sentirá más orgulloso de haber alcanzado un hito de grandeza con la utilización de su cerebro, de su inventiva, de su genialidad que le hace casi divino y le lleva a desear prolongar su vida, a través de sus obras, más allá de la muerte? ¿Aquel o éste?

Alguien dirá que hoy conocemos nuestras limitaciones, nuestros defectos.

Y qué decir del hombre que se lamenta hoy, como el de ayer cuando un desesperado escribió, unos dos mil quinientos años antes de Nuestra Era:

“¿A quién hablaré hoy?
Los hermanos son unos malvados,
y los amigos de hoy ya no aman.
¿A quién hablaré hoy?
Los corazones son rapaces.
Cada uno arrebata los bienes de su vecino.
[¿A quién hablaré hoy?]
La amabilidad ha muerto
La violencia asalta a todos.
¿A quién hablaré hoy?
Se encuentra satisfacción en la maldad.
La bondad ha sido abandonada por todos.
(Lebensmüder, 130-142. Trad. De J.M. Serrano. En Historia del Antiguo Egipto de Nicolás Grimal (Edicionews akal universitaria)).

Este desesperado que así hablaba con su Ba (con su alma) incapaz de comprender el porqué de los egoísmos y la ruindad del hombre, escribió eso hace más de cuatro mil años, cuando ya podíamos admirarnos de la grandeza humana con el espectáculo de las pirámides de Gizet. ¡Qué originalidad…! Parece que la humanidad no era distinta, entonces.

Nada nos hemos desarrollado en la profundidad del pensamiento, desde la creación de “La epopeya de Gilgamesh”, o “Las lamentaciones de un desesperado, con su Ba” hasta hoy, cuando el hombre está igualmente limitado que antes y los pensamientos, las ilusiones, y los procesos mentales son absolutamente repetitivos con la única mínima variación de en qué, a qué y hacia dónde se aplican.

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