Viví un día de película. Vi esa África que me hace sentir, pese a quien pese, que debió ser el lugar en que nací. ¿Cómo le puede pasar esto a un hombre blanco como yo que vino al mundo en San Sebastián?

Recordé imágenes de películas en las que la cámara se pasea por barrios aparentemente pobres -sucios, diría; no hay que confundirse- y se ruedan escenas casi a cámara lenta con gente ocupada en sus quehaceres, tráfico humano y de vehículos, las mujeres con bultos o con niños unas, otras arregladas como si fueran de fiesta aunque un tanto descuidadas sus ropas para tanto trabajo o “querer ser”, y mucha vida; una vida intensa que no para bajo un cielo azul, en unas calles polvorientas y soleadas llenas de edificios bajos y altos -que no te extrañaría que se cayesen- y casas de latas o de madera que parecen mejor edificadas o casi eternas porque forman parte del África de siempre.

Maputo: Capital de Mozambique. Hoy estuve en un mercado, con dos amigos, Iván, un percusionista de música tradicional que no sabe dónde está, y Lulú, futuro estudiante de economía que quiere hacer un mundo mejor, que confía en que un día se acabará la corrupción y que convivirán el África que practica el respeto a los antepasados y la economía moderna porque creer en los ancestros no es menos lógico que hacerlo en el Dios de los cristianos, o los mahometanos, ni pensar que solo existe la materia porque ésta es energía, la vida también lo es (energía) y los seres queridos que vivieron dejaron su estela, su vida, sus almas en algún lugar de nuestro mundo.

Él me contó que una vez habló con su bisabuelo -en sueños- y que éste le contó que la gente que tiene muy mala suerte la suele tener porque se olvidó de sus muertos, o no les guardó ausencias, les rindió honores, o porque sencillamente siguió su vida como si no hubieran existido aquellos parientes.

Debo haber sido muy malo con mis muertos, pienso de vez en cuándo. Hoy, por ejemplo, me robaron el ordenador.

Ahí tengo todas mis novelas, todos mis escritos, bases de datos, las fotos de algunos de mis seres queridos…

O no es mala suerte. Porque ahora estoy escribiendo con mi pluma estilográfica, y eso es bueno. “Tienes muy buena pluma”, me dijo, un día, mi amigo Pedro Hortet refiriéndose a mi forma de escribir. Sí. Tengo una buena pluma estilográfica.

Volviendo a lo de antes de enterarme del robo, también estuve en el aeropuerto de Maputo a donde fui a esperar a una persona que no llegó.

Pero vi a lo lejos, más allá de las pistas, desde la terraza de encima de las salas de espera, el paisaje que siempre soñé, y ya ni recordaba, de los aeropuertos africanos: árboles lejanos que parecen selva y no son más que una enorme vegetación que crece en zonas pobladas por miles de habitantes que viven en los alrededores de las grandes ciudades. Pero eran árboles africanos: palmeras, acacias, mangos o de nombres que no conozco pero dan imagen de vida. ¿Es tan diferente la vida vegetal de la animal?

Solo despegaban y aterrizaban algunas avionetas y pocos aviones. Y una extraña mezcolanza de mirones o gente que esperaba: negros, hindúes o algo parecido, mujeres con feces tapándoles la cara y algunos europeos que casi siempre ponen cara de ser importantes. Aunque yo, con mi barba, podría tratar de pasar por lo mismo…

No. Yo me río, bromeo con mis amigos africanos y hablo a veces de cosas que considero importantes, como de los ancestros de Lulu, de las costumbres de los azande del Congo cuando viví entre ellos y de los africanos que se van olvidando de sus costumbres, de que son africanos. Si supieran que es verdad que su Continente es donde nació la vida inteligente que después se extendió hacia el resto del mundo…

O quizá sí lo saben y por eso pueblan Europa y América y se van extendiendo por todo el mundo: porque preparan el futuro.

Pobres racistas. Son los únicos condenados a desaparecer de la faz de la tierra. Porque sin negros, al final, no habrá nada.

Se me olvidó que hablaba de que estuve en un mercado. Sí; en uno de esos con caminos estrechos de tierra, con charcos, a veces porque la sombra de los tejados de Uralita y los toldos de los puestos no dejan que se seque el agua de la última lluvia, o simplemente porque la tiraron a la calle después de limpiar cualquier cosa que, aquí, limpiar algo quiere decir ensuciar cualquier otra. ¿Porque dónde están las papeleras, los basureros, los barrenderos? ¿Dónde reciclar, mandar, dejar, abandonar todos los restos que produce la civilización?

No. Los africanos no son sucios. Lavan sus cuerpos, sus pies, las manos concienzudamente, como no lo hacemos los europeos. Pero al traerles todos nuestros productos de consumo (más los que tienen ellos, fruta, mucha fruta) no les enseñamos ni les facilitamos nada para que pudieran esconder los desperdicios de todo aquello que consumen.

Pero a lo que iba. El mercado era inmenso. Lo que más se vendía eran naranjas, mandarinas y plátanos, además de otras frutas (creo que solo vi mangos además de lo mencionado), y bolachas que es como llaman aquí a las galletas.

También vendían patatas, batata, mandioca, tomates y algunas verduras y más galletas y plátanos y mandarinas a cinco pesetas cada una si son pequeñas y a diez si son grandes. Y unos caramelos de menta de los que dan dos por el equivalente a un duro.

Y decidimos comer en un restaurante, del mercado, que consiste en una especie de valla de lata (roja con grandes letras que dicen COCA COLA) techada con una Uralita semitransparente que deja pasar algo de luz. Y en el suelo, tierra, las mesas y las sillas.

Lulú e Iván comieron cabezas de vaca consistentes en pedazos de eso (la cabeza de la vaca, lengua incluida aunque ésta no gustaba a Iván y sí, mucho, a Lulú) en un líquido grisáceo que bien podría ser una sopa por el gozo con el que daban, mis amigos, cuanta de él.

Yo tomé un “chouriço” frito con patatas fritas y cantidades ingentes de piri-piri (picante) que es una de las cosas más ricas que se hacen aquí o en cualquier sitio donde se hagan buenos picantes.

Aunque no lo parezca, todo eso más una barra de pan con la que nos obsequiaron nos dejó bastante ahítos y satisfechos sobre todo después de que ellos fueron  fueron invitados y yo solo tuve que pagar el equivalente a algo menos de quinientas pesetas, incluidos los vasos de agua.

Después, mientras paseábamos hacia la salida del mercado para volver andando al aeropuerto, Lulu se gastó parte de los diez mil meticáis que tenía (unas cien pesetas) en comprar seis enormes y dulces plátanos -dos para cada boca- lo que nos dejó, a mí por lo menos, con la tripa a punto de reventar.

Hacía sol. Aunque aquí es invierno, el sol calienta que da gusto.

Íbamos contentos. Sentíamos que el racismo es una tontería. Éramos amigos. Distintos en edad, color, educación…, pero nos unía el amor por la vida, la creencia de que un día llegará algo -no me preguntéis lo que es pero yo sé que llegará, que hará que la humanidad sea más feliz.

¡Ah! Una cosa. La humanidad aquí, aunque a veces sufra, es más feliz que allí, en Europa. A pesar de la suciedad. A pesar del polvo.

Bendita suciedad que indica que hubo abundancia porque está formada por restos. Bendito polvo que dice que no hay inundaciones aunque también sea bienvenida la lluvia, de vez en cuando. Pero con ella no se puede pasear, no se puede exhibir en plena calle que la gente está feliz porque siente lo que es VIVIR.

¿Os extraña que sea feliz a pesar de que me robaron, hoy, el ordenador?

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