El yo decidió que hay que volver a escribir. A decir cosas. A lo que sea. El yo manda y el yo obedece, aunque no parezca que es así y aunque no aparezcan la necesidad ni la inspiración.

Oigo música. Me estaba olvidando de lo que es la música (la que me gusta que es la verdadera música) y lo que es escribir, que no es esto. Es lo otro. Es contar un cuento; es escribir una historia en la que una bella Dama desea no tener que ser la bella princesa de los cuentos de otros tiempos sino la mujer (bella y dama) poderosa que arremete contra las injusticias de todos los tiempos y socorre a los malditos que están abandonados por los ricos por ser pobres y por no hacerse oír. Acostumbrada a servir el pollo asado como siempre le mandaron, se imaginó una cantidad enorme de recetas que no comunicó a nadie porque, ¿para qué? ¿Para que la hicieran trabajar más sin pagarle sueldo ni agradecimientos verdaderos?

Galopa al viento, como dijo aquel poeta. Y este, el viento, hace que se despliegue la cabellera de la Dama que se mece horizontal al compás del galope del corcel en el que monta. En el fondo, la Luna brilla y se recorta su silueta. Esa es la estampa.

Lo de dentro, no se ve, ni se intuye. Solo ella (la Luna) lo sabe, porque ella (la Luna) sabe que los pensamientos de la Dama son suyos, son muy suyos: completamente suyos.

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