Viví en Tacna (Perú) dos maravillosos años en los que hice buenísimos amigos que aún me duran y me gustaría, antes de salir de este mundo volver por allí. Pero, a lo que iba, Tacna está situada en una zona de las que llaman sísmicas. Hubo grandes terremotos (1917, 1968) y raro es el día o al menos la semana que no se oye a la tierra, aunque sea en voz baja durante las horas de silencio de la noche, protestar y amenazar con su ira. Aunque lo haga con voz tan queda que sirva de arrullo para muchos.

Escuché los mismos ladridos que no me dejaban dormir antes de la catástrofe y, por un momento, me figuré que no había pasado nada, que dormía tranquilo en mi cama y que, en algunos minutos, no tendría más remedio que levantarme cabreado por los ensordecedores lamentos del perro.
Sí. Y fueron los ladridos del animal, angustiosos, jadeantes y afónicos, causados por la fría intemperie de la noche, y que ni siquiera sonaban como ladridos, lo que me conmovió. Parecían quejidos cortos, sin capacidad de ser aullidos, que querían abrirse paso desde la tráquea con la intención de echar del cuerpo los malos espíritus o las pesadillas de su yo de perro negro solitario y abandonado.
-¿Sabes? Los castillos con alas son los que están puestos en las cimas más altas de las montañas de algunos cuentos -me susurró en el oído una voz desconocida.
Por un momento no supe qué pensar. Primero, la voz del perro y, ahora, esta otra que casi me hizo dar un tranquilo respingo de sorpresa.
“Es más fácil que te veas tú volando, ya que nuestra alma se sale del cuerpo a pasear, que ver un castillo volador –volvió a hablar, ahora con algo más de fuerza, la misma voz-. Soy un acaparador de sueños. Si alcanzas uno de ellos y no se te escapa, serás el rey de la felicidad de las cosas conseguidas.
-¡Mierda, el perro!
-Me parece bien. Pero no te atreverás a decir lo mismo de mí… -una risa entre pícara y zumbona, entró, tras la maldición, en mi cerebro de durmiente semidormido.
-¡Mierda tú!
Rugió un viento huracanado, pero yo, que apenas empezaba a ser consciente de nada, no noté ni una brizna de aire chocando o rozando o salpicando sobre mi rostro ni en mi cuerpo.
Me atreví a abrir un ojo para mirar.
Una lona y un conjunto desmadejado de hierros, palos y cuerdas se alejaban lentamente empujados por un vendaval. Cubrían parte de lo que, a mi alrededor, era un cielo gris oscuro o, más que eso, una masa ingente de nubes cargadas de presagios, de promesas de diluvios y, en cuanto se apartara alguna lo más mínimo, de rayos, truenos y relámpagos.
Apreté mi rostro contra la almohada y cerré los ojos con fuerza.
– ¡Mierda, tú! ¡Mierda! ¿Eres el duende payaso que siempre que quiere se mete en mi vida?
En el silencio que había vuelto, restalló el aullido del perro casi abandonado que no sabía ladrar, pero ahora sonó como lo hacía cuando, tras calentarse su afónica garganta, retornaba a su ser, el viejo can que siempre había sido, desde que nació.
“¡Guauuuuuu, guauuuuuuuu!”
Me tranquilicé pensando que, si arreglaba su ladrido, todo seguiría igual y no pasaría nada.
-Duende; tonto duende. ¿No lo ves? Es un día igual a todos los demás –farfullé, casi dormido, a la voz.
-Pero, un día, el perro morirá y te llevará consigo. Duerme, tú; tranquilo. Duerme, tú -me dijo ella.
-¡Vete a la mierda!
-Además –habló, la voz, de nuevo- no soy un duende. Soy tu alma.
No abrí los ojos. Estaba tranquilo porque sabía que todo seguía igual. Solo necesitaba no apartar la almohada de mi rostro para volver a soñar, sin pensar en el nuevo horizonte, integrado por ruinas y cascotes que formaba una línea quebrada de infinitas fracciones y que, sobre ella, se extendía un cielo azul, ahora brillante y sin ninguna nube hasta mucho más allá -hasta el otro horizonte que no se ve- por los cuatro lados de donde yo estaba.
Y, mientras yo dormía, el perro moría.
Y mil castillos -con alas- volaban buscando las montañas.

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