Son cerca de las dos y media de la mañana (o de la noche, para mí). No hay luz desde hace cerca de 24 horas
Un quinqué de trementina me ilumina solo a mí en la oscuridad casi total de Mata de los Indios porque, hasta los afortunados que podían producir energía eléctrica con sus inversores, agotaron los recursos,
No veo nada de lo que escribo pero sí oigo pasitos rápidos y como furtivos de los ratones que buscan algo de comer en las dos habitaciones que conforman la mansión donde habito.

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Tengo la nariz floja y húmeda, consecuencia del catarro griposo que me posee (no yo a él) y me pica la cabeza que no sé si me lavaré mañana porque, con la gripe y las anginas, tengo mis dudas de qué es peor: el picor de la cabeza o el frío del agua, (si es que la tengo: es un bien escaso el agua utilizable) regando escasamente mi cuerpo y causándome escalofríos.
Ahora ya no llueve pero ayer sí lo hizo, igual que durante una parte de la noche y estos días atrás. El borde superior izquierdo de la cama se me mojó. Toda la cama, resultado de las lluvias torrenciales o perezosas, de las goteras y de la humedad, está por lo menos semimojada.
Me cuesta sujetarme los mocos pero me los sonaré con papel de retrete que no sé dónde tiraré; no quiero dar comida a las ratas o a los ratones.
Un recuerdo de España, una bufanda, protege mi cuello por si las anginas. Hace frío pero no mucho. ¡En España sí que hace frío en invierno! También, allí, hay gente que no tiene luz y tiene ratones y ratas, y vive en chabolas y chozas. Pero en España es porque son pobres. Aquí son pobres y negros, aunque no sean haitianos, y los gobernantes –muchos de ellos negroides y de piel oscura- reconvertidos en blancos por mor del poder del dinero que les da su corrupción, roban el derecho a los marginados a tener una vida mejor, con al menos alguna información para saber a qué horas les cortarán la luz, cuándo tendrán agua o cómo podrán hacer, los alumnos de la escuela, los deberes en un ordenador si no hay ordenadores, ni electricidad.
No me quejo: informo. Porque dentro de mi pobreza soy aquí, en Mata de los Indios, uno de los seres más afortunados (casi como los ratones). Y porque mañana, o dentro de unas horas, amanecerá. 
Casi nunca llueve cuando amanece.
Escribo sin luz y esto seguirá permaneciendo en la oscuridad universal de la noche negra.

Jorge de Satrústegui
Mata de los Indios, 9 de noviembre del 2015

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