Alguien había subido el pequeño autocar al piso (un piso alto) y lo había dejado aparcado en una habitación. Decía que como estaba caducado mi carné de conducir no servía para nada tener el vehículo abajo. Pensé furioso en las dificultades futuras cuando necesitásemos el autobús y dije que podría haber estado aparcado en la calle o en las afueras, entre otros, con lo que hubiera pasado más desapercibido; y le reñí por tomar decisiones por su cuenta sobre todo cuando, estas, solo traían dificultades. Pero comprobé que el autocar cabría por las escaleras y pasillos cuando tuviera que bajar, aunque sufrieran los amortiguadores.

Un periodista parecido a James Bond estaba muy divertido porque se adelantaba a mí en un reportaje que teníamos que escribir los dos. Él se iba sin que yo pudiera moverme de la casa. Pero yo sabía que a él le iban a matar en cuanto saliese. Nos buscaban a los dos, a él y a mí, y no podía decirle que iba a morir porque no tenía remedio. Era algo que iba a suceder pero que, al mismo tiempo, ya había sucedido. Salió por la ventana despidiéndose heroico (y con mala leche). No tuve ninguna sensación de alegría. Solo de fatalidad y algo de miedo.

Quienes le habían matado (un grupo de integristas armados con Kaláshnikovs) subieron al edificio a buscarme. Les vi desde la ventana. Me escondí, después de bastantes dudas, en la habitación en la que estaba el autocar (o cerca: es un sueño; uno no puede recordar todo con exactitud).
Me buscaban los integristas. Entró en la habitación una niña y le hice una señal para que callara. A través de la puerta la vio, su madre, cuando la niña, callada, me hacía señas de que no diría nada. Entró la madre. Entraron más mujeres. Yo estaba desesperado de que pudieran decir que yo estaba ahí a sus hombres (iban vestidas de integristas).

Se fueron todas, en fila. No dijeron que me habían visto.

Sé que los integristas de los fusiles venían a por mí (se habían enterado de que estaba).

Huí.

Me encontraba en una casa solitaria tratando de buscar refugio en una habitación espaciosa con una gran puerta: enorme. Los integristas llegaron. Iban a por mí con sus armas cargadas. Como no podía hacer nada para enfrentarme, me dirigí a ellos con la intención de pasar por inocente (despistarles), no sabía cómo.

El jefe se enfrentó a mí. El paisaje era yermo (se veía a través de la puerta y la ventana). La gente era pobre o algo parecido: y, además, estaba pero no estaba aunque observaba de reojo. El jefe de los que me iban a asesinar llamó a uno de sus hombres y le pidió algo. Tras desdoblar y arrancar el papel de un taco de boletos, me dio (triunfante) una entrada (arrugada) para el estreno de “su” película.

La acepté algo aliviado y extrañado. No pensaba ir a verla. Era una historia que no servía de nada. Podía (yo) seguir mi “camino”. Lo tenía despejado para escribir y hacer la verdadera película. Era como la contestación definitiva a las demás respuestas que no sabían que lo suyo no era nada…
Los integristas se fueron, como una horda vencedora, cantando, mostrando y levantando sus armas por el paisaje árido.

Había algunas casas. Algunas tiendas. Aquello parecía y era una ciudad de calles polvorientas con algún edificio alto y muchas edificaciones y chabolas de una sola planta.

Seguía en pos de mis objetivos. ¿Mi novela, mi reportaje, mi obra? Me había salvado.

Todo ello en un tranquilo ambiente de pesadilla.

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