Lucubraciones o pensamientos mientras caminaba dando vueltas en la misma dirección de las manecillas de un reloj, alrededor de la Stupa del Monasterio budista SAKYA TASHI LING, situado en las montañas cercanas al Garraf, en la provincia de Barcelona, el 29 de enero del 2006.

Caminar en círculo; no ir a ningún sitio; andar sin mirar a un lugar al que llegar, buscando el espacio astral en el que me encuentro, tratando de entenderme para entender a los demás.

Soy consciente de mí mismo.

Estoy aquí: pienso, siento, deseo, amo.

Logro aislarme de odios, pero no me abandonan las dudas.

Pienso que soy distinto.

No te vanaglories -me digo-. Todos somos distintos.

Siento que no soy nada y eso me hace llegar a la conclusión de que soy grande: porque quienes piensan que son grandes suelen ser bastante nada.

¿Y si pienso, entonces, que yo soy grande?

No. No lo soy.

Soy lo justo.

Soy importante pero no soy grande.

Soy importante por lo que pueda hacer por otros, aunque no sean cosas maravillosas.

¿Porque acaso sé, yo, qué es grandioso, grande e importante?

Un prodigio curando una enfermedad… o provocar una sonrisa.

La cura de la enfermedad destruye fuerzas negativas.

Una sonrisa esparce energías benignas y éstas combaten, anulan, destruyen el mal.

Y añaden energía positiva.

Quizás, a veces, puede ser más importante provocar una sonrisa que evitar un mal que ya está hecho.

Aquella hará que una fuerza positiva se ponga en movimiento… no sabemos hasta dónde podrá alcanzar su acción (efecto mariposa).

Deseo ser feliz. Deseo el bien de los demás y eso me da felicidad.

Deseo que el mundo –alguien, al menos- sepa como yo que la felicidad no la da lo que puedo comprar, lo tangible que poseo.

Me la da lo que puedo sentir.

Y si siento felicidad por la felicidad de los demás y trato de llenar -y lo consigo- con un poco más de ella la vida de otros, puedo pasar a un estado más cercano al bienestar puro.

Entonces empiezo a amar.

Amar, en todas sus formas diferentes, es dar.

(Amor de amistad, amor de hermanos, de padres a hijos, de hijos a padres, de amigos, de amantes…).

Doy; me doy; me entrego sin que me importe recibir ni perderme en demostraciones egoístas para que sepan que doy, que me doy.

Si el amor es profundamente verdadero, si partió del pensamiento del yo, de mi deseo de que los demás sean felices para yo ser feliz, estaré casi llegando a la perfección del SER que puedo -como todo el mundo- llegar a ser.

No sé si grande o pequeño.

¿Qué más da cuando haya llegado al todo y a la nada?

                                                     Jorge de Satrústegui

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