– Ochenta.

– ¿Ochenta, qué?

– Ochenta años. ¿Y qué va a ser?

(Ya volvió, mi otro yo, a sus ataques de conciencia o de consciencia, o de lo que le dé la gana: de viejo.)

-Años. Somos viejos. Viejos de años, por lo menos -le digo con la esperanza de que me contradiga para convencerme de que años y edad no son lo mismo.   

-Qué quieres: ¿que te contradiga? Ya sabes que, aunque seamos el mismo, pienso distinto a ti en muchas cosas. Pero ochenta años son muchos años. Hace poco solo llegaban a cumplirlos los que eran ancianitos-viejitos.

-No me cabrees, mi otro yo (le llamo mi otro yo para saber quién es quién, aunque seamos el mismo). A veces pienso en cuando era niño o adulto joven. Recuerdo esperanzas e ilusiones que tenía. Soy el mismo, con la única diferencia de que he vivido las cosas que he vivido cuando las viví. No he cambiado en nada. Y si me pienso, veo que todavía tengo las mismas ilusiones u otras parecidas si aquellas se cumplieron. Me molesta que me miren como si fuese un viejo inútil o con cara de conmiseración cuando digo mis años. Aunque también hay algunos que dicen: “no me lo creo. Usted es mucho más joven”.

-Eso es para convencerte de lo que no es, aunque en el fondo te consuele. Es como esa especie de auxilio que nos dan a los ancianos reservándonos asiento en el metro y en los autobuses. Luego, te dejan el asiento o no… pues lo mismo. No te van a hacer mucho más caso -me dice el yo que es el otro.

-Pero hay gente que se admira de verdad -le señalo-. Recuerda, hace dos años, el ingeniero aquel, en Mata de los indios, (Villa Mella, República Dominicana) que no hacía más que repetir que yo no podía tener esos años; el que sabía mucho de motores (que no funcionaban) para sacar agua, para los casi desheredados de la fortuna, y parecía un tipo inteligente.

-Ya. Ya me acuerdo de él -dice mi otro yo-. Pero es que le hablabas de Gilgamesh y del “Diálogo de un desesperado con su Bah” escritos hace más de cuatro mil años*. No se daba cuenta de que eso, para ti, era lo mismo que las batallitas del abuelito. Él era el niño que escuchaba.

-Eres un cabrón, mi otro yo. Eso es culturita de la que sirve para que la gente se entere de que no somos tanto en los tiempos actuales. Batallitas… ya tengo las del Congo, aunque casi, en la distancia, parezcan más divertidas que dramáticas por mor del tiempo que ha pasado y de lo bien que lo pasamos los dos, tú y yo, valga la redundancia, también.

Creo que te estás volviendo viejo -me dice el que es el otro: especie de conciencia que trato de acomodar y se vuelve, ingobernable-. ¿Sabes? Ochenta años son ochenta años.

Me rindo. ¡Pero no quiero!

*El Poema de Gilgamesh es una epopeya sobre Gilgamesh, rey de Uruk (Mesopotamia) escrita hace unos 5000 años. Su paralelismo con los tiempos actuales nos enseña lo poco que ha cambiado el ser humano… El diálogo de un desesperado con su Bah (alma), escrito hace más de 4000 años en el Egipto antiguo, por un poeta que decía:

“¿A quién hablaré hoy?

Los hermanos son unos malvados,

y los amigos de hoy ya no aman.

¿A quién hablaré hoy?

Los corazones son rapaces.

Cada uno arrebata los bienes de su vecino.

[¿A quién hablaré hoy?]

La amabilidad ha muerto

La violencia asalta a todos.

¿A quién hablaré hoy?

Se encuentra satisfacción en la maldad.

La bondad ha sido abandonada por todos.

(Lebensmüder, 130-142. Trad. De J.M. Serrano. En Historia del Antiguo Egipto de Nicolás Grimal (Ediciones akal universitaria)).

Amor en esa maldita guerra”. (De Jorge Satrústegui. En Amazon)

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