– ¿En qué piensas? –me acaba de preguntar mi otro yo.

         – En escribir si me dejas tranquilo –contesto no demasiado seguro de no ofenderme a mí mismo; a la parte de mí que permite volar a mi imaginación y me impide concentrarme en los asuntos que requieren mucha atención y medir las palabras.

         Debo tener en cuenta, para entender el sentido de la pregunta, que me he metido en el problema de presentar, en la novela que me ocupa, a un Cristóbal Colón poco digno de admiración, aunque no quiero ofender demasiado su memoria. Que por otro lado, me importa poco o nada; el que me importa es él. ¡Bueno! Quiero decir que me gustaría ponerle en su sitio y que “allá ellos” quienes colocan en el pedestal de La Historia, como si fueran héroes, a personas que no valen la pena… como personas.

         Me ha parecido notar como si mí pensamiento libre hubiera emitido una risita sardónica mientras escribía lo de arriba.

  • ¿Te cachondeas? -le pregunto.

         – …

         Esa otra parte de mi yo debe de estar tratando de tomarme el pelo, pienso. Cuando tiene ganas de distraerme, hace acto de presencia (aunque sea pasiva) y no me permite concentrarme.

         – ¿Para qué querías saber lo que pienso? ¡Si ni yo mismo lo sé! Me estás despistando de lo que quería decir o hacer.

         – …

         – Tanto mejor -me digo diciéndole pero un poco preocupado-. Si no te dejas ver podré trabajar con tranquilidad.

         – Creo que me necesitas. –La voz de mi otro yo me suena como con un sutil tono de advertencia. -No seas burro. ¡Anda!

         Tengo a Cristóbal Colón perdido en su cuarto viaje, con dos naves embarrancadas, en Jamaica. Como deseo humanizarlo, primero he decidido describirle con piojos o por lo menos con suciedad y caspa en la cabellera; rascándose la cabeza con ademanes poco elegantes, casi como con desesperación.

         Es una forma de empezar a perderle el respeto. Si las liendres, los piojos o la caspa no se lo tienen…

         Escribo:

         “Trató de ordenar un poco el pelo rojizo y desgreñado que cubría su cabeza, introduciendo en él los dedos a modo de púas, y experimentó un alivio sumamente grato al notar cómo eran mitigados los picores de su cuero cabelludo al aprovechar la ocasión para rascarse”.

         Tengo que describir también su rostro, que descubrí en La Biblioteca Nacional, en un dibujo (el más cercano que he encontrado a la época en que vivió), en la portada del primer tomo de la “Historia de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano” (Antonio Herrera, 1601). Quien le dibujó ahí le representa con cara de hombre poco de fiar con rasgos de entre orate e iluminado temible.

         – Me parece bien que escribas sobre lo tú quieras –me dice mi otro yo. – ¿Pero no te parece una estupidez dedicar a Colón más tiempo del que le correspondería por su papel en la novela?

         – ¿Y no puedo desmitificarle? ¡Alguien tiene que hacerlo, tú!

         -Me refiero a esto de ahora. En cuanto a lo desmitificar, me parece que, si le atacas, no tendrá mucho éxito, tu novela… –escucho a mi otro yo, en mi interior, en forma de censura. Y añade: – nuestra novela.

         Empiezo a comprender cómo piensa mi otro pensamiento. Tal vez Colón tenga suficiente con la parte de novela que le toca, sin ahondar en otros detalles que no sean ponerle de campeón y defensor apasionado de la grandeza de la Historia.

        No debería romperme la cabeza, mientras escribo, en oponerme a una parte de mi yo, o darle la razón, diciendo que era un fatuo engreído lleno de ignorancias que lo más que descubrió conscientemente fue a poner un huevo de pie, después de que su hermano Bartolomé o su madre se lo explicaran cuando Cristóbal tenía diez años.

         -¡Te estás pasando, yo!

         Ni que sus esperanzas eran las de tener mando, riquezas y pasar a la posteridad (aunque, como nunca supo lo que había descubierto, jamás pensó que este fin lo lograría hasta el punto de pelearse, el mundo, por sus huesos de él) y que sus jaculatorias y encomiendas a Dios eran solo teatro y actuaciones de cara al público y a quienes mandaban. Él, que justificaba automáticamente sus actos diciendo que eran la voluntad de Dios y metía a Cristo, a las Vírgenes o a Los Santos (mezclados con los nombres de La Reina y su familia) a sabiendas de la religiosidad de Doña Isabel y de la fuerza que estaba tomando la Santa Inquisición, perseguidora de judíos mal conversos. O que, cuando era Virrey en La Española (después del Segundo Viaje) cortó la lengua a una mujer por decir en público, de él, que provenía de una familia humilde.

-¡Jorge! ¡Ya! ¡Eso es mentira!

-¡Eso es verdad! ¡Está mencionado en el Archivo de Simancas! -casi le grito. Recompongo mi tono de voz y le digo -Perdona, mi otro yo. Es que siempre odié la falsedad.

-¿No serás tú el falso? ¿No le tendrás envidia?

-¿Yo? ¿A Colón? ¡Y un huevo!

-De Colón. Sí.

-¿De Colón?

-Sí. El huevo de Colón.

-Puede ser…

-¡Santos cielos! ¡El huevo de Colón!

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