La noche calurosa se transformó en día, la cama en tren y las paredes de mi cuarto fueron un paisaje con árboles exuberantes de hojas verdes y alargadas con frutos como el mango. Cielo azul, el techo; el suelo se convirtió en tierra roja. Sentí, al respirar, la humedad de mis aires africanos y me sentí en la patria de mis sueños. Hacía calor. El aire espeso olía a flores, un poco a muerte antes de reciclarse en nueva vida y a especias: como en otros tiempos, cuando estaba en el Congo de mis recuerdos.

Apenas me importaba el sudor que resbalaba por mi rostro y al llegar al cuello me empapaba la ropa. Era sudor africano: sudor como el de mi pueblo (quisiera que lo fuera) al que ni la esclavitud pudo robar el derecho a la alegría de estar vivo, ni el hombre blanco, con su Dios, convenció de que no tendría que respetar a sus Ancestros, a sus seres protectores porque ellos nunca les habían abandonado.

-¿De verdad paramos en Kinshasa? -pregunté al empleado del ferrocarril en que se había convertido mi compañero de casa. Era una parada no prevista. ¿Pero a quién le importa eso en un sueño?

El hombre asintió con una sonrisa y ademán de querer complacerme. Había notado mi expresión ilusionada al hacerle la pregunta.

Respiré hondo; llené de aire mis pulmones y lo arrojé con fuerza, hasta la última partícula, porque sabía que la siguiente vez que respirase volvería a revivir… revivir; morir, revivir, morir. Aspiración, expiración. Vida, muerte. Todo, nada. Todo; siempre todo mientras se puede aspirar la vida. El aire, la vida.

-África es la vida, ¿sabe usted? -le miré, fijo, con cara de no admitir que se me contradiga en ese axioma. El hombrecillo apartó la mirada sin saber qué responder.

Pensé en todo aquello que me hace poner un gesto de ensoñación cuando lo quiero explicar con palabras y, en efecto, debió de notar un cambio en mi expresión. Miré al cielo de detrás de los árboles, de detrás de las paredes del vagón, con la mirada perdida para quien no fuera yo, escudriñando los rincones más profundos de mí.

-¿Sabe usted?- volví a la carga-. Si fuéramos más inteligentes, aprenderíamos de ellos.

Mi escuchador -debía de ser un escuchador que la compañía del ferrocarril de los sueños puso a mi disposición- me miró algo escandalizado, al parecer, por culpa de la osadía de mis palabras.

Habíamos bajado del tren. Andábamos, sin alejarnos de él, a lo largo de la estación, pisando la tierra roja y el polvo que me hacían sentir que estaba en mi sitio; bien plantado, como estoy seguro de que se siente el baobab en su tierra.

Observé un vagón sin ruedas, ocupado por negros africanos todos vestidos con blusas blancas, enfilados como si fueran remeros de galeras. Parecían esforzarse pedaleando unos pedales invisibles mientras cantaban con voces envolventes algún himno que les aunaba.

-¿Ve usted? Este grupo de hombres une sus esfuerzos. ¿Cree que si compitiesen en una olimpiada sería, alguna de esas selecciones nórdicas de ciclismo a cuatro o a ocho, capaz de vencerles? Mire su voluntad. Mire la naturalidad con la que combinan sus impulsos, juntan sus fuerzas, haciendo que solo una (la resultante) sea mucho mayor que la suma de todas.

El hombrecillo -llevaba uniforme sin llevar uniforme- me miró disgustado, como si lo que estaba diciendo fuese una falta grave contra las normas impuestas en el mundo de los seres que son como deben ser. No hacía falta que dijera palabras porque veía sus pensamientos. Y tenía miedo de mí.

“¿Por qué?” -me pregunté.

Como era un sueño, no me importó. Y pensé que, en caso de no serlo, hubiera arremetido con más fuerza.

“Sabrán estos pobres ignorantes que se creen los reyes del mundo dónde está la fuerza, la vida… Mírale: un muerto en vida”.

Me di cuenta de que tenía una maleta no muy grande pero muy pesada -mi equipaje- junto a mí.

Un hombre fuerte, un hombretón africano, pasó corriendo al lado de nosotros y la maleta desapareció.

El hombrecillo permaneció imperturbable.

-¿Has visto? Me han robado el equipaje –alcé los brazos sin acabar de creerme lo que pasaba.

-Sí; aquel -me respondió señalando al hombre negro, que parecía andar apresurado.

Salí corriendo, lleno de ira. El ladrón se detuvo junto a otro hombre y abrió mi maleta para investigar qué había dentro.

Llegué hasta él. Se la pedí.

Como no me hacía caso, y él era más fuerte que yo, le maté con un puñal ante la indiferencia de su acompañante que no hizo nada por defenderle ni por quitarse siquiera del medio.

Cogí la maleta y desanduve el camino recorrido.

Miré a todos, pensando que vendría algún policía tras de mí; pero todo seguía igual: la tierra roja, personas caminando arriba y abajo sin mirarme.

-¿No sale el tren? -pregunté al empleado de la compañía de los sueños.

Sacó una banderita. Subimos al vagón.

Aquel hombre había querido arrebatarme el baúl de mis sueños; mis secretos…

El tren se puso en marcha.

Hacía calor y sudaba cuando desperté.

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