Desde la ventana mirador de un segundo o tercer piso de la casa donde vivo en el sueño, veo (vemos) como nieva en la calle. Cómo se deslizan despacio, casi deteniéndose, bamboleándose como si fueran plumas, copos de nieve de un tamaño enorme. Se mecen… es un espectáculo.

La nieve se cambia a lluvia. Luego, pasa a ser lluvia torrencial que causa desprendimientos. Montones de tierra marrón (puede que con algún cascote) amontonada en las aceras de la calle causan alarma, pero no daños. Todos los edificios siguen en pie. Los desprendimientos salieron de las fachadas de los edificios. Una niña (a la que creo que conozco por ser vecina, aunque no mucho) ha estado a punto de ser atropellada por la avalancha. ¿Perdió un juguete, un peluche? Si fue así, lo recuperó sin más. La calle está intacta, pero con montones de tierra en las aceras (anchas, con algunos árboles). La gente no se preocupa demasiado.

Salgo a la calle. Me llegó la noticia de que, en el descampado que hay cerca de casa, alquilan una especie de monopatines de última novedad y me dirijo allí. Son algo nuevo y todo el mundo quiere probarlos. Yo también.

Cuando llego, veo a algunas personas deslizándose por la plaza –todo tierra y piedras: qué raro que no haya lodo me preguntaré después de despierto- en la que está la carpa donde los alquilan. Los monopatines no tienen ruedas: se deslizan como si volasen pero sin volar. Bastante gente, que va en aumento, forma una cola, esperando su turno. En las filas que se forman para este tipo de acontecimientos, siempre hay personas que quieren pasar antes de lo que les corresponde. En mi “guerra sin violencia externa” (cuando veo que alguien se quiere colar siento una ira interna que me aguanto) por no permitir que se cuelen otros, salgo bastante airoso, porque si bien no puedo evitar que pasen delante de mí uno o dos muchachos que llegaron casi al mismo tiempo que yo, consigo que los demás guarden el turno que les corresponde.

Llego a la ventanilla, conozco a la cobradora que es (creo) la misma mujer que me suele cobrar la cuenta de la luz o alguna otra. Le pago: los monopatines cuestan tres ochenta y cinco… contamos, ella y yo, el dinero en calderilla que llevo. ¡Tres sesenta! Pienso que la taquillera me dejará que le pague luego la diferencia pero me dice que no puede. Que este empleo es provisional… (y le oigo murmurar para sus adentros que está cansada de tener que recaudar y dejar casi siempre cuentas pendientes). Digo que se me olvidó coger dinero; no es que no tenga. Y no insisto.

Salgo por un agujero que tiene la carpa (no por la puerta ya que como me voy sin patines, evito pasar vergüenza), y me encuentro en ese mismo descampado. Decido tomar un autobús para ir a… adonde debo ir.

En una plaza amplia, hay dos paradas. Una está sin gente. La otra tiene algunas personas esperando. No encuentro indicaciones de adónde van los autobuses y dejo pasar a los dos primeros que paran

Llega uno que sí me llevará a donde quiero ir. Está atestado de gente. Tan atestado que los viajeros están como pegados, estrujados; el autobús se ha abombado de tan lleno que está. Algunos de los del interior quieren salir y comienza un verdadero sufrimiento para los ocupantes porque, el que uno se mueva, repercute en los demás, les chafa más. Veo la cara de sufrimiento de una mujer, aplastada entre la masa informe de gente. Pienso que no vale la pena montarse ahí, que es mejor ir andando.

Decido coger la ruta más larga. La más corta es una calle con baches, cuesta arriba y de difícil andar (lo sé aunque no la he visto); un camino, como el que dice, que nos lleva al cielo, ¡vamos! Esta calle, por la que camino ahora, es ancha, de aceras amplias, tiene un seto en el medio A pesar de estar ligeramente en cuesta hacia arriba, lo que puedo aguantar perfectamente. Hasta resulta agradable andar. Giro a la izquierda. Sigue una calle igual, esta vez en ligera y cómoda pendiente hacia abajo. Encuentro gratificante el paseo.

Ya estoy llegando. Tengo hambre… es el paseo el que me la ha debido de abrir. Decido ir al final de la casi avenida donde sé que hay una cafetería en  la que podré desayunar. Es una calle ancha, pero o no está asfaltada o algo le pasa. El suelo son piedras, como cuarzos blancos, cortantes: chocan entre ellos (al pisarlos) como si fueran gravilla. Menos mal que (me miro el calzado) tengo unas botas que me protegen. Cruzo la calle y noto la incomodidad de las piedrecillas (no tan pequeñas) porque la cafetería está en el otro lado. Hay mucha luz. Parece como si más allá del final de la calle se acabara la ciudad y el mundo. Un horizonte muy cercano marca el cielo azul.

Entro en la cafetería, de color blanco, con algunos toldos, cuadrados, de tela blanca. Las sillas blancas, paredes blancas. Hay poca gente.

Antes de pedir nada me dirijo al rincón donde tienen la fruta, en la habitación de al lado. Unas mandarinas, no muchas, grandes, hermosas, que son (seguro) dulces, sabrosas y se pelan con facilidad. Hay varios montones (dos o tres). Me doy cuenta de que tengo una mandarina parecida a esas, en mi mano. Pero no es tan bonita como las que están expuestas, tal vez porque está un poco sucia por el uso. Cambio la mandarina usada por una nueva, limpia, brillante y hermosa.

Me despierto o pierdo el interés por el sueño.

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