Volé por las aires de los sueños de una noche sin dormir y la luna, emergiendo de las sombras como un queso iluminado por el sol, se limitó a mirarme sin saber que su pensamiento, incapaz de elevarse más abajo de su abismo, escapaba de las sombras del ocaso.

Dulce olvido el de aquel día en que la muerte de las hojas, que viajaban por los aires empujadas por el soplo del dolor, fue celebrada con lágrimas de vino.

Triste jolgorio, sin petardos ni oleoductos volados, el de las muertes de tantos miserables casi humanos en las selvas, en los montes perdidos tras los valles, en los ergs…

La riqueza de las ánforas ilustradas con pérfidos camafeos de caras de palo sucumbió ante las risas de las hienas en las ciudades salobres casi en ruina.

Una luz, por fin, iluminó el horizonte.

La mañana se acercaba.

Una rosa empezó a abrirse, angustiada, tras el esplendor de la  noche.

Rompieron en aullidos las sirenas de los mares y los caballos de la muerte irrumpieron al galope para salvar la razón.

Una gran bomba estalló.

Un pensamiento voló.

2 comentarios sobre “APOCALIPSIS

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