Le dije que el cielo era verde;

que las gaviotas volaban alrededor de su cama

y que la noche brillaba

con candelas de oro y plata.

Pero los aires del diluvio

arreciaron para apagar tantas luces

y permitir a los muertos,

que zampaban sin ganas suculentos bocados de misterio,

corroer las virtudes creyentes

de los sabios de los tiempos.

Y la vergüenza colmó toda su alma.

Miró a su mundo

y lo vio escaparse hacia los cielos.

La luna aparecía encendida,

entre jirones de nubes.

Ya no llovía.

Saltó al abismo, 

se lanzó de cabeza hacia la tierra

y vio el milagro de las aves lanzándose a salvarle

y a hacerle compañía.

Murió sintiéndose feliz.

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