– ¿Estás aquí?

– Hola, yo.

– Hola. Te echo de menos, mi otro yo.

– Me parece muy bien; me alegra saberlo.

– Creo que eso me pasa por estar tanto tiempo solo. Es como si al no ver yo a casi gente, te retirases, tú también, a no sé dónde. Últimamente me haces poca compañía.

– No me digas eso. ¿Y quién te acompaña cuando te duermes? ¿Y quién te saca de apuros en tus sueños? ¡Que menudos sueños! Me metes en unos berenjenales…

“Pero la verdad es que estás escribiendo poco, no me cuentas ni me comentas muchas cosas y parece que no te sirvo ni como inspiración. Como te me hundas ahora… no lo hagas, ¿eh? ¿Cómo te encuentras?

-Más o menos bien… demasiado bien, diría, para los ochenta inviernos que he cumplido. Pero si pienso a largo plazo me desanimo. Tengo ganas de viajar y de seguir tratando de conocer un poco más del mundo, de la gente. De aprender cómo piensan y qué hacen otros y porqué. Pero no sé si tendré salud. No sé si me recuperaré del todo después de los achaques que he tenido, aunque no quiero dejar de tener ilusiones.

¿Pero y si no vuelvo a estar bien? Lo que me has dicho -que no me hunda ahora- está bien dicho; tienes razón y estoy de acuerdo. ¿Pero y si ya nunca puedo viajar, ir, andar, recorrer países distintos que no conozco, encontrarme con gente que tiene por su cultura otras formas de pensar y de ver las cosas, y sentirme libre y nuevo, mi otro yo? Además, ese número. Ochenta. ¡Es horrible!

– Tú verás… te estás poniendo depresivo, yo. Ten en cuenta que soy tu otro yo y que como ahondes mucho en ese número… Soy tu yo y soy tú mismo, que es lo mismo que yo mismo. Sabes que me deprimiré también. ¡Ochenta años!

No quiero desanimarme ni que lo hagas tú. Tú menos que yo porque eres el que me sacas de la desesperanza cuando tengo casi ganas de dormirme para siempre… por no decir morirme. ¿Sabes una cosa? Estoy pensando en cuándo voy a romper la baraja e irme.

– No estaría mal. Di que tienes setentiuhummmm años. Olvídate durante un tiempo del ochenta. Aparentas menos edad de la que tienes y además eres más joven que tu número de años.

– Cuando no pueda pensar en planes futuros me dedicaré a tratar de disfrutar el presente, mi otro yo. Pero siempre en otro sitio. No aquí. No me gusta vivir aquí y el dinero, además, me vale menos.

– Es que aquí todo es demasiado serio y, encima, caro para muchísimos de los que somos de aquí. Y corro el peligro de que me tomen por una especie de viejo orate con algo peor que el mal de alzheimer porque me olvido hasta de la edad. Y sin derecho al coqueteo o al amor porque pasaría a ser un viejo verde. Perdona, mi yo. Ya sé que estoy diciendo cosas que deberías decir tú…

Oye, mi otro yo: quién se morirá antes, ¿tú -mi otro yo- o yo mi yo-?

¡Jo, qué gracia! ¿Y eso que no que importa?

– ¿Seguiré estando conmigo mismo en la otra dimensión? La verdad es que me he acostumbrado bastante a ti mismo, conmigo; digo contigo, mi otro yo.

– Te estás volviendo trascendente, mi yo. Seguramente estaremos juntos e intrascendentes en el infinito finito que es la eternidad. La materia (la energía) no se crea ni se destruye…

Entonces seremos de verdad distintos, los dos, y seremos el mismo. Y parte del todo…

– Yo más que tú, mi yo.

– Ni se sabe, mi otro yo, parte del todo.

– Y el huevo de Colón, ¿qué fue de él?

– Allí está él: el pollo que había dentro se desarrolló y voló hasta el infinito; a las estrellas.

– Ni se sabe.

– Ni se sabe.¿A dónde iremos a parar?

A parar.

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