Las fuerzas del mal emergieron,

se disfrazaron de luz

y ordenaron a los buenos que sufrieran.

Y los tontos fueron buenos,

los inteligentes se quedaron con el mundo del placer

y ahondaron en las penumbras de la sabiduría

que no lleva a nada

que no sea la errónea concepción del pasado esplendoroso

para quien no afronta el futuro.

La dulce luz del pecado

 se apagó para quienes querían el bien

y la desgracia de la bondad que incluye sacrificio

se diseñó de manera que diera satisfacción

a los señores del infierno.

Lágrimas y penas; risas y suspiros.

Alegres regocijos por la muerte de los malos

que rogaban por los placeres de antaño

fueron enseñados a los pérfidos sicarios del ocaso.

Las muchedumbres murieron a los ojos de los ciegos

y el colosal camafeo de los muertos que viven

siguió mirando hacia los cielos rocosos

apuntalando sapiencias de otros tiempos

contra las que nada podían los borrachos.

El rey de reyes se convirtió en presidente

e implantó la democracia.

Los senadores de los cielos, ángeles y santos,

pidieron un horario.

Y por las noches,

mientras los ángeles guardianes descansaban de su arduo trabajo

porque no cobraban horas,

las hijas de la noche -las ideas nauseabundas-

se refocilaban en la gloria porque al otro lado,

en las antípodas, era de día.

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