Cuando el vecino se abalanzó sobre el enemigo del enemigo que no era su amigo, ambos se fundieron en un abrazo que nunca hubieran pensado que era de muerte y sí de amor o amistad.

Y así, las gárgolas se parapetaron en la intemperie, temerosas de que en cualquier otro sitio se podrían haber rezado oraciones de muerte para obrar un milagro, porque las querellas también se salvan si no se sabe lo que se dice. ¿O no?

Y las bocas espeluznantes que escupían ideas se mofaron del rezo oratorio de los asistentes de abajo que querían consolarse y tranquilizar sus miedos, sus sinsabores, sus desprecios y el temor a los abrazos.

Truenan los cielos, retumban los cañonazos confusos como sinónimos en las llamadas a la muerte y vociferan las aguas que golpean con ganas los tarros guardados de miel con lentejuelas.

-¡Venceremos! -gritaron los alevosos contrarios.

-¡Libertad! -vociferaron los cónyuges esclavizados levantando los brazos.

Y mientras la oscuridad de las trombas del Olimpo se adueñaba de los cielos con llamaradas sui géneris, el ocaso de los dioses cubrió a quienes eran tumulto en una bendición de casi infinito amor.

– ¡Sursum corda!, se bendijeron los vivos mientras morían.

En la paz del fragor.

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